El café humea entre mis manos mientras febrero avanza silencioso. Afuera, el tiempo parece seguir su curso sin sobresaltos. Pero hubo un febrero distinto, uno cargado de pólvora, traición y decisiones que cambiaron el rumbo de México.
En nuestro México, febrero de 1913 no olía a café recién hecho, sino a humo y miedo. Durante diez días la capital fue escenario de disparos y ambiciones desmedidas. La historia lo nombró la Decena Trágica.
Imagino aquella noche del 22 de febrero. La oscuridad cayendo sobre la ciudad. Un carruaje avanzando bajo custodia. La promesa de un traslado seguro que en realidad era una sentencia disfrazada.
Francisco I. Madero caminaba sin escolta fiel, sin banda presidencial, sin el respaldo del poder que apenas meses antes le pertenecía. Solo un hombre, pequeño de estatura, pero enorme en convicciones, que había creído que el voto podía derrotar a la dictadura y que la legalidad podía abrirle paso a la democracia.
Dicen que mantuvo la calma. Que no suplicó. Que no perdió la dignidad. A su lado, el vicepresidente José María Pino Suárez compartía el mismo destino.
Y entonces, en la penumbra del penal de Lecumberri, las balas rompieron el silencio. No fue solo un asesinato político. Fue el momento en que México comprendió que la esperanza también puede ser fusilada.
Pienso en lo que debió sentir en esos últimos instantes: ¿decepción? ¿tristeza? ¿la amarga certeza de que había confiado demasiado? Tal vez también serenidad, esa serenidad que nace de quien sabe que actuó conforme a sus principios.
Su muerte no solo apagó una vida; encendió una indignación que ya no se apagaría. Porque cuando se asesina a un presidente legítimo, no muere solo un hombre: se hiere el alma de la nación.
En su lugar se instaló el gobierno de Victoriano Huerta, nacido no del voto, sino del golpe.
La nación quedó suspendida en una herida abierta.
Pero mientras en la capital se consumaba la traición, en el norte un hombre tomó una decisión que no era sencilla ni cómoda. Venustiano Carranza desconoció al régimen usurpador y llamó a defender la Constitución. No se trataba solo de empuñar las armas; se trataba de restaurar el orden legal, de recordarle al país que la lealtad no se debía a un hombre, sino a la ley.
Así nació el Ejército Constitucionalista, antecedente del actual Ejército Mexicano. Y por eso el 19 de febrero no es únicamente una fecha en el calendario: es la memoria de una postura moral en medio del caos.
Me pregunto cuántas veces la historia nos coloca frente a decisiones semejantes. No siempre con fusiles ni proclamas, pero sí con dilemas donde la lealtad y la conciencia pesan más que la comodidad.
El tiempo es extraño. Nos permite sostener una taza caliente en calma, mientras en sus pliegues aún laten los ecos de disparos lejanos. Febrero vuelve cada año, pero no vuelve igual: trae consigo la memoria de aquel otro febrero que nos enseñó que las instituciones pueden caer… y también levantarse.
Termino mi café. El presente parece tranquilo, pero el pasado no está dormido. Se entrelaza con nosotros, nos observa, nos cuestiona. Y quizá la verdadera pregunta sea: ¿qué haríamos nosotros si el tiempo volviera a exigirnos elegir entre la comodidad y la lealtad?
Porque la historia no se queda atrás. Camina con nosotros.









































