El café humea como si también él recordara. Afuera, el domingo apenas despierta y en la mesa se acomoda la historia, esa vieja conocida que siempre vuelve cuando el calendario se acerca al 18 de marzo.

Recuerdo que cuando era niña, en la escuela nos hablaban de la Expropiación Petrolera. Se hacía ceremonia, se mencionaba la fecha, se repetía el nombre del presidente y hasta se escuchaban discursos solemnes. Pero, siendo honesta, yo no entendía gran cosa. Sabía que era “algo importante”, que tenía que ver con el petróleo y con México, pero la palabra expropiación me sonaba enorme, casi impronunciable para una mente que apenas empezaba a descifrar el mundo.

Ese día se conmemoraba… pero no siempre se comprendía.

Quizá por eso ahora, con café en mano y algunos años más encima, me propongo desmenuzarlo un poco. Quitarle la solemnidad innecesaria y entender qué ocurrió realmente aquella noche.

El 18 de marzo de 1938, alrededor de las 10 de la noche, el presidente Lázaro Cárdenas del Río se dirigió a la nación por radio para anunciar la expropiación de las compañías petroleras extranjeras.

En su mensaje explicó que la decisión se tomaba con fundamento en la Constitución y en defensa del interés nacional. Una de las frases más recordadas de su discurso fue clara y directa:

“Procede la expropiación legal de las compañías petroleras que operan en el país.”

No fue un grito, no fue una arenga incendiaria. Fue una declaración firme, legal y cuidadosamente argumentada. En ese momento, millones de mexicanos escucharon una decisión que cambiaría el rumbo económico del país.

¿Pero qué fue la Expropiación Petrolera? En términos sencillos: el gobierno mexicano tomó el control de las compañías petroleras extranjeras que explotaban el petróleo en territorio nacional.

El conflicto comenzó por demandas laborales. Los trabajadores exigían mejores salarios y condiciones; las empresas se negaron a cumplir con lo que había resuelto la Suprema Corte de Justicia. Entonces, el presidente aplicó el artículo 27 constitucional, que establece que los recursos del subsuelo pertenecen a la nación.

Y así nació uno de los actos más simbólicos del México del siglo XX.

Se le llamó expropiación porque fue un acto legal. Expropiar significa que el Estado toma una propiedad privada por causa de utilidad pública, pagando indemnización. No fue confiscación ni improvisación; hubo sustento jurídico y compromiso de pago.

Tal vez si de niña me lo hubieran explicado así —con menos palabras rimbombantes y más claridad— lo habría entendido mejor.

Pero hablar de ese momento sin mencionar a Cárdenas sería como hablar de café sin mencionar el aroma.

Lázaro Cárdenas del Río impulsó una política nacionalista que buscaba fortalecer la soberanía y reducir la dependencia extranjera. Sabía que la decisión implicaba riesgos: tensiones diplomáticas, presión económica y el enorme desafío de que México administrara por sí mismo la industria petrolera. Pero asumió el costo.

Con el tiempo surgió Petróleos Mexicanos (PEMEX), que se convirtió en símbolo de soberanía y motor económico durante décadas.

¿Pero fue una buena idea? en su contexto histórico, sí: fortaleció el sentido de unidad nacional y la idea de que los recursos naturales pertenecen al pueblo mexicano. Hubo colectas populares para ayudar a pagar las indemnizaciones; la ciudadanía participó con lo que tenía.

Pero la historia no se detiene en 1938. Ha habido momentos de prosperidad y también crisis, debates y reformas. Como todo proyecto nacional, requiere administración responsable y visión a largo plazo.

Aquella noche no solo se nacionalizó una industria; se afirmó una postura frente al mundo. Se dijo, con serenidad, pero con firmeza, que México tenía derecho a decidir sobre lo que brota de su tierra.

Y quizá ahí está lo verdaderamente importante. No en el barril ni en la cifra, sino en la convicción.

Termino mi café y pienso en esa niña que repetía la fecha sin comprenderla. Hoy sé que la historia no es para memorizarla como lista de efemérides, sino para cuestionarla, entenderla y asumirla con responsabilidad. La expropiación fue un acto valiente, pero la valentía no se hereda automáticamente: se sostiene todos los días con decisiones éticas y con trabajo bien hecho.

Porque el tiempo no es una colección de aniversarios que desempolvamos cada marzo. Es una línea viva que entrelaza el pasado con el presente y se proyecta hacia el futuro.

Y cada vez que discutimos sobre energía, soberanía o economía, aquella voz de las diez de la noche vuelve a resonar. Nos recuerda que hubo un momento en que el país eligió confiar en sí mismo.

La pregunta, tal vez, no es si fue una buena idea.

La pregunta es si hoy estamos a la altura de aquella decisión.

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