El verano pasado uno de mis mejores amigos me recomendó una serie que él estaba viendo y que, por cómo me conoce, pensó que me gustaría. Y no se equivocó.
Envidiosa es una serie argentina, original de Netflix, cuya primera temporada se estrenó en septiembre de 2024 y en noviembre de 2025 salió la tercera temporada. La serie sigue la vida de Vicky, una mujer de 40 años que entra en crisis luego de que su pareja la abandona, mientras observa como todas sus amigas se casan y ella busca reconstruir su vida sentimental. Está protagonizada por la actriz Griselda Siciliani y escrita por Sofia González Gil, Valeria Groisman, Agustín Aguirre.
Desde el primer capítulo me atrapó y me fue llevando desde la empatía hacia la protagonista, hasta la desesperación por su manera de actuar ante las situaciones que se le van presentando en la historia. Después que se estrenó su última temporada, empecé a ver por el Internet muchos análisis, opiniones y hasta puntos de vista psicológicos acerca de los personajes de la serie, en especial de la protagonista.
Sin el afán de “spoilear” la serie, si es que tú querido lector/lectora aún no la ves, sí me gustaría que sirviese mi participación de esta semana para motivarte a que sea una opción de entretenimiento y, quizás, una ventana a la introspección acerca de cuánto nos cuesta aceptar que vamos por la vida envidiando a los demás y lo maquillamos tratando de aparentarlo. (¡Wow! Qué fuerte es escribir esta confesión ante ustedes).
La protagonista de Envidiosa encarna lo que muchos experimentamos en silencio: la compulsión de mirar hacia afuera, de medir nuestra propia existencia con la vara de los demás y justo en la reflexión del Evangelio de hoy escuchaba al respecto. En el caso Vicky, la obsesión se vuelve trama, conflicto y desenlace; en el nuestro, se manifiesta en el deslice infinito de Instagram o Facebook viendo las vacaciones, las fotos familiares, las casas, mascotas, jardines, parejas, autos, trabajos y vidas de los demás; en la comparación con colegas o amigos contemporáneos que parecen tener carreras profesionales más brillantes y exitosas; o en la sensación de que la felicidad siempre está ocurriendo en otra casa, en otra pareja, en otro cuerpo, en otra vida, en otra realidad.
La envidia nos impulsa a consumir, a competir, a reinventarnos constantemente. Pero también nos desgasta. Porque la envidia no es solo desear lo que otro tiene, sino sentir que lo nuestro nunca es suficiente. Y esa insuficiencia es un agujero negro emocional que devora autoestima y calma. Hasta aquí querido lector, no puedo creer que esta columna se está convirtiendo en un espacio tan personal, que siento que estamos llegando tú y yo a un grado de intimidad ya muy elevado.
Lo interesante es que la envidia contemporánea viene cargada de una equidad de género ya que hombres y mujeres la estamos padeciendo por igual. Los santos varones mirando el éxito profesional o de negocios, el auto último modelo, la pareja “perfecta”, las actividades de recreación. Nosotras, buenas mujeres, además de eso, cargamos con la presión estética, la maternidad idealizada, la vida balanceada que parece inalcanzable.
Como comunicóloga, me resulta fascinante cómo las plataformas digitales y las redes sociales amplifican este sentimiento. Antes, la comparación era con el vecino, con la amiga de la escuela o las compañeras del trabajo. Hoy, nos comparamos con millones de desconocidos que exhiben versiones editadas de su vida y que, aunque se nos ha estado diciendo que nada en las redes es lo que parece, pareciera que seguimos anhelando el ideal de la “vida perfecta”.
Creo que me llegué a sentir incómoda un par de ocasiones al estar viendo la serie porque Envidiosa dejó al desnudo un pecado capital que me negaba aceptar que estaba en mí, porque “¿Qué pensarán los Murra y los Batarce?” (chiste local entre mi amiguita Vero y yo). Varias veces hice una pausa y miré hacia mi interior, hacia mi realidad, reconectando con quien soy, agradeciendo lo que tengo y a quiénes están a mi lado. La serie no ofrece respuestas fáciles, pero sí un espejo. Y como todo espejo, puede ser cruel, pero también liberador. Reconocer la envidia es el primer paso para desactivar su poder.
Quizá la lección más valiosa sea aceptar que la vida de los demás nunca será la nuestra, y que la comparación constante nos roba la posibilidad de habitar plenamente lo que sí tenemos. La envidia, al final, es un síntoma de desconexión con nuestro propio deseo. Y si algo de reflexión me dejó esta serie, es la invitación a preguntarnos: ¿Qué quiero yo, más allá de lo que muestran los otros? Me encantaría me compartas tu opinión.










































