Hace unas semanas me invitaron a impartir una plática hacia el personal de una institución educativa de nivel medio superior, para motivarlos en aprender inglés. Dentro del desarrollo de la charla, les comenté acerca de la gente “suertuda” para conseguir buenos trabajos.

Dicen que la suerte es como ese amigo que llega sin avisar: aparece en el momento menos esperado y, si uno está atento, puede cambiarte la vida. Pero también sabemos que confiar únicamente en la suerte es como esperar que te toque la lotería sin siquiera comprar el boleto. La realidad es que la suerte, las oportunidades y la preparación forman un triángulo inseparable que define gran parte de nuestro destino.

La Doctora Marian Rojas, psiquiatra y autora de varios libros sobre bienestar emocional, suele repetir que “la suerte favorece a las mentes preparadas”. Y tiene razón. No basta con que la vida nos ponga enfrente una oportunidad; si no hemos trabajado en nosotros mismos, si no hemos cultivado disciplina, conocimiento y resiliencia, esa oportunidad se nos escapa como agua entre las manos. Es como que te inviten a jugar un partido decisivo y nunca hayas entrenado: la cancha te va a pasar factura.

Por otro lado, Séneca, el filósofo estoico, nos dejó una frase que se ha convertido en un mantra para muchos: “La suerte es lo que ocurre cuando la preparación se encuentra con la oportunidad”. Es decir, la suerte no es un golpe mágico del destino, sino el resultado de estar listos cuando la vida nos pone a prueba. Esa visión estoica nos recuerda que no podemos controlar todo lo que pasa, pero sí podemos controlar cómo nos preparamos para lo que venga.

Desde el punto de vista cristiano tenemos una frase que nos motiva en el servicio y la búsqueda de sentido en la vida: “Dios no elige a los preparados, prepara a los elegidos”. Tal vez ahí radique la verdadera magia: no se trata solo de estar listos, sino de confiar en que cada experiencia, cada tropiezo y cada aprendizaje forman parte de un proceso mayor que nos va moldeando para cuando llegue ese instante decisivo. La suerte, entonces, no es azar puro, sino el momento en que lo divino y lo humano se encuentran en un terreno fértil de preparación y oportunidad.

Ahora bien, ¿qué significa estar preparado? No se trata solo de acumular títulos o experiencias, sino de cultivar una actitud. Prepararse es aprender a manejar la frustración, a levantarse después de un tropiezo, a mantener la calma cuando todo parece derrumbarse. Prepararse es también entrenar la mente para reconocer las oportunidades, porque muchas veces están disfrazadas de problemas o de cambios incómodos. Marian Rojas insiste en que la mente enfocada en lo positivo detecta posibilidades donde otros solo ven obstáculos. Y eso, créanme, hace toda la diferencia.

La suerte, entonces, no es un regalo caído del cielo. Es más bien una chispa que prende cuando hemos acumulado suficiente leña. Si no hay preparación, la chispa se apaga. Si no hay oportunidad, la chispa no aparece. Y si no hay suerte, la chispa nunca prende. Por eso, pensar en estos tres elementos como piezas separadas es un error: funcionan en conjunto, como engranajes de un mismo mecanismo.

En la vida cotidiana lo vemos todo el tiempo. El joven que estudia años para un examen y justo el día de la prueba se siente inspirado: ahí está la suerte. El emprendedor que trabaja duro en su proyecto y de pronto se cruza con un inversionista interesado: ahí está la oportunidad. El deportista que entrena sin descanso y recibe la llamada para representar a su país: ahí está la preparación. Pero en todos esos casos, la suerte sola no habría bastado. Sin preparación, la oportunidad se desperdicia. Sin oportunidad, la preparación se queda guardada en un cajón. Y sin suerte, la oportunidad puede pasar desapercibida.

Hace más de dieciocho años se me presentó la oportunidad de entrar como maestra de inglés al CECATI; estaba preparada y me preparé aún más para los exámenes. Me quedé y el resto es historia. Mi yo creyente me indica que todo ocurrió “porque Dios así lo quiso”, como dice Miss Universo Fátima Boch; quizá así tuvo que ser o fui suertuda de que ese día mi clienta me haya dicho que escuchó en la radio que solicitaban maestra de inglés.

Lo interesante es que tanto Marian Rojas como Séneca coinciden en algo fundamental: la actitud. Rojas habla de la importancia de entrenar la mente para la felicidad, de aprender a gestionar las emociones y de vivir con propósito. Séneca, desde su filosofía estoica, nos recuerda que la vida es incierta y que lo único que podemos controlar es nuestra respuesta ante lo que sucede. Ambos, desde mundos distintos, nos dicen que la suerte no es un destino fijo, sino una construcción que depende de cómo vivimos.

La suerte no es un golpe de fortuna que llega sin más. Es el resultado de un proceso en el que la preparación y las oportunidades juegan un papel central. Marian Rojas nos invita a entrenar la mente para reconocer esas oportunidades, y Séneca nos recuerda que la suerte es simplemente la unión de preparación y oportunidad. Así que, la próxima vez que alguien te diga que tu éxito fue “pura suerte”, sonríe y piensa: sí, hubo suerte, pero también hubo preparación y la valentía de aprovechar la oportunidad. Porque al final, la suerte no es cuestión de magia: es cuestión de estar listos.

 

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