Durante años nos han repetido una idea que suena incuestionable: más luz es igual a más seguridad. Calles iluminadas por la noche, celebraciones cada vez más brillantes, ciudades que no descansan. Alumbrar banquetas, parques, avenidas y plazas se volvió sinónimo de progreso, orden y tranquilidad. Y como pasa con muchas soluciones rápidas, pocas veces nos detenemos a preguntar si realmente funcionan o si solo nos hacen sentir mejor mientras el problema se desplaza a otro lugar.

Porque iluminar no es un acto neutro. Encender una ciudad por las noches no solo modifica el paisaje urbano, también altera ecosistemas completos, rompe ritmos biológicos y refuerza una visión profundamente antropocéntrica del territorio, una donde la noche existe únicamente en función de nuestra comodidad inmediata, aunque eso implique borrar la vida que depende de la oscuridad.

Este no es un problema exclusivo de un solo gobierno ni de una sola administración. En nuestro país, sin importar colores políticos o discursos, se ha repetido la misma receta: más luminarias para combatir la inseguridad. Como si la complejidad social pudiera resolverse con watts y postes, y como si la noche fuera la enemiga a vencer.

Los mapas de contaminación lumínica muestran con claridad el resultado de esa lógica. Regiones completas donde antes era posible ver la Vía Láctea hoy aparecen cubiertas por un resplandor permanente. No es nostalgia ni romanticismo: estamos perdiendo cielos estrellados, constelaciones y la experiencia de la noche como parte del entorno natural. El cielo nocturno, que durante miles de años fue guía cultural y científica, se está convirtiendo en un recuerdo.

Pero el daño no se queda en lo simbólico. La exposición constante a luz artificial nocturna impacta directamente la salud humana. Alteraciones del sueño, fatiga persistente, dolores de cabeza y niveles elevados de estrés se vuelven comunes en ciudades que nunca apagan del todo. Nuestro cuerpo no está diseñado para dormir bajo luces blancas, anuncios encendidos y reflejos permanentes. El reloj biológico necesita oscuridad real, no una penumbra artificial que confunde a nuestro sistema nervioso.

Y como suele suceder, los efectos más severos recaen en quienes no participan en la toma de decisiones. Las aves migratorias nocturnas utilizan las estrellas para orientarse; la iluminación excesiva las desorienta, las atrae hacia zonas urbanas y provoca colisiones con edificios. En muchas ciudades se documentan miles de muertes de aves cada año por este motivo. Los insectos nocturnos, como polillas y otros polinizadores, también se ven gravemente afectados: la luz constante interfiere con su reproducción y reduce sus poblaciones, debilitando procesos ecológicos esenciales como la polinización.

Mamíferos, reptiles y anfibios nocturnos modifican su comportamiento o abandonan zonas iluminadas, aumentando su vulnerabilidad. No es adaptación, es resistencia forzada. La naturaleza no se ajusta porque quiera, lo hace porque no tiene otra opción mientras nosotros seguimos encendiendo focos.

A esto se suma un componente que rara vez se pone sobre la mesa. Mantener miles de luminarias encendidas durante horas implica consumo energético constante. En sistemas que aún dependen en buena medida de combustibles fósiles, eso se traduce en más emisiones de dióxido de carbono. En el intento de sentirnos seguros hoy, seguimos alimentando una crisis climática que compromete nuestra seguridad mañana. Encendemos confort inmediato y apagamos estabilidad futura.

He tenido la oportunidad de caminar por algunas ciudades en Estados Unidos donde la noche no está completamente saturada de luz. No todo brilla, no todo está iluminado como estadio. Y aun así, son espacios seguros. La diferencia no está en la cantidad de luminarias, sino en una cultura de seguridad, cohesión social, diseño urbano consciente y políticas públicas que no descansan únicamente en encender focos. Eso confirma algo incómodo: la seguridad no se construye solo con iluminación, se construye con comunidad, confianza y planeación.

El fondo del problema es cultural. Seguimos diseñando ciudades desde una lógica antropocéntrica donde todo gira alrededor de nuestra percepción inmediata, sin considerar a otras formas de vida ni los procesos naturales que sostienen el equilibrio. La noche no es un vacío que deba llenarse con luz. Es un ecosistema. Ignorarlo es confundir control con bienestar.

No se trata de apagar las ciudades ni de romantizar la oscuridad. Existen alternativas claras: iluminación dirigida, tonalidades cálidas, sensores de movimiento, horarios adecuados y participación ciudadana en el diseño del alumbrado. Podemos tener espacios funcionales y seguros sin borrar la noche, sin deslumbrar el cielo y sin expulsar a las especies que dependen de la oscuridad.

Tal vez el verdadero progreso no sea brillar cada vez más, sino entender cuándo no hace falta. Recuperar la noche como aliada y no como enemiga. Aceptar que no todo debe estar iluminado para funcionar y que compartir el territorio implica pensar también en quienes lo habitan cuando nosotros dormimos.

Y aunque a veces parezca que todo está perdido bajo el resplandor artificial, también existen espacios y personas que trabajan justo en sentido contrario. En Chihuahua, la Sociedad Astronómica de Chihuahua, la Liga Astronómica y el Club Astronómico de la Universidad Autónoma de Chihuahua recuerdan, desde la divulgación y la ciencia, que respetar la noche es respetar la vida. Defienden cielos oscuros y noches vivas, no como un lujo romántico, sino como una experiencia que nos reconecta con el universo y nos devuelve perspectiva.

Buscar y conocer estos espacios no es solo una actividad cultural; es una forma de reconciliarnos con la noche, de entender su valor y de recuperar algo que hemos ido perdiendo entre focos y reflectores. Levantar la vista al cielo también es un acto de conciencia ambiental.

Consejo incómodo: no aplaudas automáticamente cada nueva luminaria. Pregunta cómo, para qué y para quién se ilumina. Exige políticas de alumbrado responsables que consideren salud, biodiversidad y clima. A veces, apagar una luz es la mejor manera de ver más.

Juntos Todos por ciudades que entiendan que cuidar la noche también es cuidar la vida. 🌌

 

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