Durante mucho tiempo se nos enseñó que el hombre en el hogar solo debía ser fuerte, proveedor y silencioso. Que su valor esta en cuánto trabaja y cuánto dinero lleva a casa, no en cómo se siente. Pero rara vez se preguntó si ese hombre es escuchado, si se siente apreciado o si tiene permiso para cansarse. Hoy vale la pena detenernos y mirar esa realidad con más humanidad.
Como padres de familia, muchos hombres cargan responsabilidades enormes, por ejemplo, salen temprano, regresan tarde y aun así intentan estar presentes. Sin embargo, pocas veces reciben un “gracias”, un “sé que te esfuerzas” o simplemente un abrazo. En cambio, escuchan frases como “eso no es de hombres” o “los hombres no lloran”, como si sentir fuera un defecto y no una condición humana.
Imaginemos una escena cotidiana: un hombre llega a casa después de una larga jornada de trabajo, esta cansado, tal vez preocupado por lo que carga. En lugar de un saludo cálido, lo reciben con quejas: que no recogió una toalla, que no barrió, que olvidó la ropa sucia y no se reconoce lo que sí hizo durante el día, solo lo que faltó. Poco a poco, ese hogar deja de sentirse como refugio y se convierte en otro lugar de presión.
También es cierto que hoy muchos hombres sienten que se les exige ser perfectos, se espera que sean proveedores exitosos, emocionalmente fuertes, atentos, románticos, siempre felices y sin errores, un hombre de cuentos de hadas. Pero ese hombre no existe. Existe el hombre real, el que se equivoca, el que se cansa, el que a veces no puede más y eso no lo hace menos valioso.
Se vale que un hombre sufra; se vale que diga “no puedo” o “no quiero”; Se vale poner límites sin culpa. Reconocer las propias emociones no es debilidad, es valentía. Un padre que se cuida emocionalmente está enseñando a sus hijos algo mucho más profundo que solo proveer: les enseña a ser humanos.
Porque, al final, ¿quién cuida al que cuida? El hombre también necesita sentirse seguro en su hogar, respetado y amado. Necesita saber que su esfuerzo importa y que no solo se le ve cuando falla. Un hogar debe ser un espacio donde ambos se sostienen, no donde uno carga todo en silencio.
Recordemos esto, querido lector: primero está usted, luego usted y después usted. No por egoísmo, sino por responsabilidad. Solo un hombre que está bien consigo mismo puede proteger, guiar y amar plenamente a su familia, a sus hijos y a su esposa. Los tiempos han cambiado, y es momento de permitirle al hombre ser fuerte, sí, pero también ser sensible, escuchado y feliz en su hogar.






































