Hay días en los que todo parece transcurrir con normalidad: la ciudad en movimiento, las agendas llenas, las conversaciones cotidianas, las responsabilidades de siempre. Y, sin embargo, detrás de esa aparente rutina, muchas personas viven una realidad que no siempre se nombra, pero que acompaña a más personas de las que imaginamos: la depresión.

No siempre se manifiesta con lágrimas ni con palabras. A veces se esconde detrás de una sonrisa funcional, de un cumplimiento puntual, de un “estoy bien” que en realidad significa “no sé cómo decir lo que me pasa”. Por eso hablar de depresión no es hablar de un tema lejano ni ajeno; es hablar de una realidad que puede estar sentada junto a nosotros en una reunión, en un salón de clases, en una oficina o en casa.

Cada 13 de enero se conmemora el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, una fecha que invita no solo a visibilizar una enfermedad, sino a comprender su dimensión social. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, más de 280 millones de personas en el mundo viven con depresión, lo que la convierte en una de las principales causas de discapacidad a nivel global. No son cifras abstractas: son historias, familias, trayectorias interrumpidas, emociones contenidas.

En México, datos del INEGI y de la Secretaría de Salud confirman que los trastornos depresivos y de ansiedad se han incrementado de manera significativa en los últimos años, particularmente después de la pandemia. Las instituciones de salud han reportado una mayor demanda de atención psicológica, sobre todo entre jóvenes y mujeres, lo que refleja un desafío que rebasa lo individual y se convierte en un asunto de salud pública.

La depresión no es falta de carácter, ni ausencia de fe, ni carencia de voluntad. Es una enfermedad que afecta la forma de sentir, de pensar y de relacionarse con el entorno. Puede robar energía, sentido, motivación y esperanza, incluso a personas que desde fuera parecen tenerlo todo bajo control.

Como sociedad, todavía estamos aprendiendo a hablar de salud mental sin prejuicios. A escuchar sin minimizar. A acompañar sin juzgar. A entender que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino de conciencia y responsabilidad personal.

La ciudad que aspiramos a construir no solo debe ser funcional, ordenada o segura; también debe ser una comunidad que cuide a su gente en todas sus dimensiones, incluida la emocional. Donde existan servicios accesibles, redes de apoyo, información confiable y, sobre todo, una cultura de empatía.

No siempre hacen falta grandes discursos; a veces lo más importante es saber escuchar, no minimizar lo que otros sienten y reconocer que hay personas que necesitan comprensión, atención profesional y un entorno que las acompañe.

Que este 13 de enero nos recuerde que la salud mental importa, que nadie debería enfrentar su dolor en soledad y que, desde nuestro lugar como ciudadanos, familias e instituciones, podemos construir un entorno que acompañe, sostenga y dé esperanza.

Luly González

Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.

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