Hoy se celebra el Día de la Magia, vale la pena decirlo con claridad: bajar de peso no es un acto de magia.

Hay momentos en la vida en los que el tiempo deja de ser abstracto y se vuelve implacable. Uno de ellos es cuando tienes una boda en tres meses y el vestido ya está colgado en el clóset. No es cualquier vestido: es el vestido. Lo ves, lo imaginas puesto, pero también sabes —muy en el fondo— que hoy no te queda como quisieras.

Y entonces aparece esa palabra peligrosa: luego.

“Luego empiezo la dieta.”

“Luego dejo el pan.”

“Luego voy al gimnasio.”

El problema es que el calendario no negocia. El día de la boda llegará puntualmente, hagas algo o no. El vestido no se va a ajustar solo. Y el “luego”, si no se enfrenta, se convierte en una forma elegante de no decidir.

Aquí es donde entra una verdad incómoda pero poderosa: procrastinar también es una decisión.

Decidir no hacer nada hoy es decidir cargar con las consecuencias mañana.

Cuando faltan tres meses para la boda, ya no hay espacio para grandes planes ni promesas grandilocuentes. No sirve decir “el lunes empiezo” si hoy es martes. Lo único que funciona es la acción inmediata, imperfecta, cotidiana: elegir agua en lugar de refresco, caminar veinte minutos, decir “no” a ese antojo que sabotea el objetivo. No es heroicidad, es coherencia.

La parálisis del “luego” opera igual en todos los ámbitos de la vida. La vemos en el trabajo cuando se pospone una decisión importante. En las organizaciones que diagnostican, analizan y planean… pero no ejecutan. En las personas que saben lo que tienen que hacer, pero esperan sentirse listas, motivadas o en el momento perfecto.

Spoiler: ese momento no existe.

Y aunque hoy se celebre el Día de la Magia, vale la pena decirlo con claridad: bajar de peso no es un acto de magia. No ocurre por desearlo, decretarlo o esperar un truco de último momento. Ocurre cuando hay decisiones diarias, disciplina y constancia. La magia real está en hacer, no en esperar.

Hacer que las cosas sucedan no es cuestión de motivación, es cuestión de responsabilidad personal. Es aceptar que nadie más va a tomar las decisiones incómodas por ti. Que el cuerpo que llegue a la boda será el resultado directo de lo que hiciste —o dejaste de hacer— cada día previo.

Sin excusas, sin autoengaños.Y aquí viene lo más interesante: cuando actúas, algo cambia internamente. La acción genera claridad. Cada pequeño logro rompe la inercia y debilita al “luego”. Empiezas a confiar en ti porque te estás cumpliendo. Ya no dependes del discurso, sino del hábito.

El vestido, al final, es solo una metáfora. En realidad, la pregunta es otra:

¿Qué estás postergando hoy que sabes que el tiempo te va a cobrar mañana?

Romper la parálisis del “luego” es un acto de valentía cotidiana. Es decir: no mañana, no después, es hoy. Porque hacer que las cosas sucedan no es magia… es decisión, acción y constancia.

Y sí, cuesta. Pero cuesta mucho más no hacerlo.

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