Hay días en los que basta salir de casa para notar que algo está cambiando: el calor que se intensifica, la sequía que se prolonga, el cielo que pasa semanas sin una sola nube. En una región como la nuestra, donde el agua es un bien escaso y el desierto marca el ritmo de la vida, estas señales no son abstractas ni lejanas; forman parte de lo que vivimos todos los días. La naturaleza está enviando mensajes claros y aprender a leerlos, comprenderlos y actuar frente a ellos se ha convertido en una responsabilidad colectiva.
Cada 26 de enero, el mundo conmemora el Día Mundial de la Educación Ambiental, una fecha que surgió en 1975, a partir de la Carta de Belgrado, con un objetivo claro: formar ciudadanos conscientes, informados y comprometidos con el cuidado del entorno. Dos días después, el 28 de enero, se recuerda el Día Mundial de la Acción frente al Calentamiento Terrestre, una jornada que pone sobre la mesa la urgencia de actuar ante el cambio climático, un fenómeno que dejó de ser una proyección científica para convertirse en una realidad que impacta la salud, la economía, el agua, los alimentos y la seguridad de nuestras ciudades.
Hablar de educación ambiental no es hablar solo de aulas o libros; es hablar de cultura cívica, de hábitos, de decisiones públicas y privadas. Es comprender que lo que hacemos o dejamos de hacer en lo local tiene efectos globales, y que lo que ocurre en el planeta termina reflejándose, tarde o temprano, en la vida cotidiana de nuestras comunidades.
De acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial, los últimos años han sido los más cálidos registrados en la historia, lo que confirma que la temperatura del planeta sigue en aumento. En regiones áridas como el norte de México, este cambio se traduce en sequías más prolongadas y en una presión creciente sobre el agua, un recurso esencial para la vida, la producción y el desarrollo. La Comisión Nacional del Agua advierte que alrededor del 70% del territorio nacional presenta algún grado de estrés hídrico, una situación particularmente sensible en estados como Chihuahua, donde el agua no solo es un bien natural, sino un factor estratégico para el presente y el futuro de una región con vocación agrícola y urbana.
En este contexto, la planeación urbana sostenible deja de ser un concepto técnico para convertirse en una necesidad vital. Las ciudades concentran población, actividad económica, consumo de energía y generación de residuos. Pero también concentran talento, innovación y capacidad de transformación. Cuando una ciudad apuesta por un crecimiento ordenado, por el cuidado del agua, por áreas verdes, por movilidad limpia y por servicios eficientes, está invirtiendo en calidad de vida presente y en bienestar futuro.
Los indicadores ayudan a dimensionar esta realidad. De acuerdo con el Índice de Competitividad Urbana 2024 del IMCO, Delicias se ubica en el primer lugar nacional, dentro de su categoría, en el subíndice de Sociedad y Medio Ambiente, que evalúa aspectos de calidad de vida y sostenibilidad, como el tratamiento de agua y la cobertura educativa. Estos resultados no son casualidad: reflejan la importancia de contar con infraestructura, servicios y políticas públicas orientadas al cuidado de las personas y de su entorno.
Pero ningún indicador, por positivo que sea, sustituye la conciencia cotidiana. La educación ambiental empieza en casa, en la escuela, en el trabajo y en la calle: en el uso responsable del agua, en la correcta disposición de los residuos, en el respeto a los espacios públicos, en la movilidad que elige menos emisiones, en la energía que se ahorra, en la vegetación que se protege. Son acciones pequeñas que, sumadas, construyen una cultura de corresponsabilidad.
El calentamiento global no es un problema abstracto ni lejano. Es la sequía que encarece los alimentos, la ola de calor que afecta la salud de adultos mayores y niños, la presión sobre los sistemas de agua que sostienen al campo y a la ciudad. Frente a ello, los gobiernos locales tienen un papel estratégico: planear con visión de largo plazo, proteger los recursos naturales, ordenar el territorio y promover comunidades más resilientes. Pero esa tarea solo es posible si va acompañada de una ciudadanía informada, participativa y consciente.
Cuidar el planeta es, en el fondo, cuidar nuestra casa común. Es entender que el desarrollo no puede ir en contra de la naturaleza, sino de la mano de ella. Que el progreso verdadero es aquel que garantiza bienestar hoy sin comprometer el mañana. Y que cada generación tiene la responsabilidad de entregar a la siguiente un entorno más sano, más justo y más habitable.
Que estas fechas el Día Mundial de la Educación Ambiental y el Día Mundial de la Acción frente al Calentamiento Terrestre nos inviten no solo a conmemorar, sino a reflexionar y a actuar. A asumir que, desde lo que consumimos, cómo nos movemos, cómo usamos el agua y cómo cuidamos nuestro entorno, todos formamos parte de la solución. Porque proteger la Tierra no es una causa lejana: es proteger la vida que hoy habitamos y el futuro que queremos heredar.
Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.









































