Durante años creímos que lo que ocurría en lo individual y lo que pasaba en el ámbito público eran cosas distintas, casi polos opuestos. Que la vida pública sucedía lejos de casa y que lo que atravesaba mi vida diaria me afectaba únicamente a mí. Con el tiempo, hemos aprendido que esa división no siempre existe.
Lo que pasa en casa, en el trabajo y en la forma en que organizamos nuestros días también construye ciudad. También define qué tan humanas son nuestras dinámicas laborales y qué tan justas resultan para quienes las sostienen todos los días.
Hace unos días participé en una reunión de trabajo cuyo objetivo era escuchar las inquietudes del equipo y compartir una nueva dinámica laboral que busca ser más cercana y abierta al diálogo. No fue una reunión extraordinaria, pero sí una de esas conversaciones que, sin proponérselo, terminan revelando realidades que pocas veces se dicen en voz alta.
Una compañera tomó la palabra y habló desde su experiencia. Comentó que llevaba más de doce años en el mismo trabajo y que, durante ese tiempo, muchas veces había tenido que dejar de lado el tiempo con su familia. Que había visto crecer a sus hijos desde lejos, renunciando a festivales escolares, reuniones y momentos importantes, para poder ofrecerles una vida mejor. No habló desde el reclamo, sino desde la honestidad de quien ha aprendido a equilibrar responsabilidades, aun cuando el costo personal ha sido alto.
Mientras la escuchaba, pensé en algo que reflexiono con frecuencia: no todas las mujeres que trabajan y son madres tienen las mismas posibilidades laborales. En ciudades como Delicias, muchas mujeres trabajan en maquilas, comercios, servicios o empleos con jornadas rígidas y pocas prestaciones. Para ellas, la conciliación entre el trabajo y la maternidad no siempre es una opción, sino un privilegio al que no todas pueden acceder. No todas cuentan con horarios flexibles ni con jefes que comprendan la importancia de estar presentes en momentos que no regresan.
Para muchas madres -y también para padres que buscan estar presentes- estas vivencias no son aisladas ni excepcionales. Son solo uno de los muchos ejemplos de cómo lo que ocurre en casa, las decisiones que se toman en familia y las responsabilidades que se comparten o se cargan en solitario, influyen directamente en la manera en que trabajamos. La corresponsabilidad no se limita al hogar; también se construye en los espacios laborales, en la disposición a comprender contextos y en la forma en que se organizan los equipos. Cuando estas realidades no se consideran, el impacto se refleja en el rendimiento, en las relaciones de trabajo y, con el tiempo, en los grupos y la comunidad misma.
Pensar en estas realidades es también una forma de cuidar lo que se ha construido con años de esfuerzo. Cuando el trabajo sostiene a las familias, pero también exige renuncias constantes en la vida personal, vale la pena preguntarnos qué tipo de dinámicas estamos normalizando. Porque una comunidad que escucha a su gente, que entiende sus contextos y que busca mayor equilibrio entre la vida laboral y familiar, es una comunidad que se fortalece y avanza de manera más justa.
La importancia de hablar de estos temas no es intervenir en la vida privada, es reconocer que cuando se pone al centro a las personas, el trabajo se vuelve más humano, las decisiones más conscientes y la vida pública más cercana a la realidad de quienes la sostienen todos los días.
A veces, escuchar cambia más que decidir.






































