Hay silencios que se normalizan. Están ahí todos los días, a la vista de todos, integrados a la rutina de la ciudad. Los vemos, sabemos que existen, pero rara vez pensamos en quiénes realmente pueden usarlos. El problema no es contar con herramientas; el problema es cuando, en el momento más difícil, nadie se siente con la confianza suficiente para acercarse a ellas.
Este 25 de febrero, Día Naranja, la conversación sobre la prevención de la violencia contra las mujeres vuelve a colocarse en el centro. Y qué bueno. No como una fecha para discursos automáticos o balances complacientes, sino como una oportunidad para detenernos y preguntarnos, con honestidad, si lo que hacemos está teniendo un impacto en la vida de las personas.
El Día Naranja surge desde la agenda internacional como un recordatorio permanente: la violencia contra mujeres y niñas no es un problema privado ni aislado, sino un asunto público que requiere atención constante. Hoy, en medio de un entorno marcado por el estrés social, las presiones económicas y fenómenos climáticos cada vez más intensos, esa deuda se vuelve imposible de ignorar.
Diversos estudios han documentado incrementos significativos en los reportes de violencia familiar durante periodos de calor extremo o crisis económicas. No es una coincidencia. La tensión se acumula, la frustración se desborda y, con demasiada frecuencia, el hogar, ese espacio que debería ser seguro se convierte en el primer lugar de riesgo.
Aquí es donde el análisis se vuelve más complejo. Porque la violencia que enfrentan muchas mujeres no ocurre en espacios públicos ni frente a desconocidos. Ocurre dentro de casa. El agresor suele ser alguien cercano, alguien con poder emocional, económico o simbólico. Denunciar no siempre representa alivio inmediato; muchas veces implica miedo, incertidumbre y la posibilidad de perder estabilidad.
En este escenario, se han desarrollado distintas acciones y esquemas de apoyo orientados a la atención y prevención de situaciones de violencia. Forman parte de una política pública que busca ofrecer acompañamiento y protección cuando se requiere. No obstante, junto a su implementación, resulta indispensable fortalecer la confianza social, ya que cualquier esfuerzo institucional alcanza su verdadero impacto solo cuando las personas se sienten seguras de acercarse y utilizarlo.
Las consecuencias de la violencia no se limitan a quien la sufre directamente. La evidencia es clara: crecer en un entorno de violencia deja huellas duraderas en niñas, niños y adolescentes. Afecta su estabilidad emocional, su forma de relacionarse, su desempeño escolar y su manera de entender el mundo. No es un daño temporal; es una marca que, si no se atiende, se arrastra por años.
A ello se suma un aspecto que hoy ocupa un lugar central en la agenda social: la salud mental. Diversos análisis han señalado la relación entre contextos de violencia en el ámbito familiar y afectaciones emocionales persistentes, que impactan especialmente a mujeres y jóvenes. De esta manera, se configura una dinámica compleja en la que la desigualdad, la violencia en el hogar y la ausencia de redes de apoyo oportunas incrementan la vulnerabilidad social.
Cuando el hogar deja de ser un espacio seguro, muchas y muchos jóvenes buscan refugio en otros entornos. El mundo digital aparece entonces como un lugar de escape, de anonimato y de aparente control. Sin embargo, sin acompañamiento ni orientación, ese espacio también puede convertirse en una zona de riesgo, donde se normaliza la violencia, se reproducen abusos y se generan nuevas formas de vulnerabilidad.
Por eso el Día Naranja no puede quedarse en el simbolismo. La prevención de la violencia requiere acciones que sean cercanas, humanas y accesibles. Implica instituciones que acompañen, procesos claros y mensajes consistentes que transmitan algo esencial: pedir ayuda es un derecho, no un riesgo.
Prevenir la violencia contra las mujeres no es tarea exclusiva del gobierno ni responsabilidad individual aislada. Es un compromiso compartido. Implica fortalecer redes de apoyo, generar confianza, ofrecer acompañamiento oportuno y construir entornos donde nadie tenga que elegir entre su seguridad y su estabilidad.
Acompañar a una mujer en una situación de violencia no es un gesto aislado.
Es una decisión que impacta en la vida cotidiana de toda la comunidad.
Luly González
Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.









































