Algo que muchos esperamos del super bowl, aparte de un buen juego de futbol americano, es el show de medio tiempo. Y tengo que confesar que, aunque no soy fan de la música de Bad Bunny, sí tenía la ilusión de que nos regalara un buen show, con un mensaje poderoso que valiera la pena escuchar y ver. Y la verdad es que no me decepcionó.

Lo que vimos no fue solo un espectáculo musical, fue una declaración muy clara, aprovechando uno de los escenarios más importantes y vistos del mundo. Millones de personas frente a la pantalla, distintas culturas, idiomas y realidades… y un artista latino entendiendo perfectamente el peso de ese momento. Benito hizo historia. No solo por estar ahí, sino por cómo decidió estar.

El Super Bowl, durante años, ha sido sinónimo de espectáculo, luces y entretenimiento diseñado para agradar. Esta vez, sin embargo, el escenario se transformó en algo más: un espacio de representación, de memoria y de mensaje.

Bad Bunny no buscó encajar en lo que tradicionalmente se espera, no suavizó su origen ni tradujo su identidad para ser aceptado. Al contrario, representó a la comunidad latina desde sus inicios, desde lo que significa crecer con sueños grandes y caminos difíciles, desde la lucha constante por no perder el rumbo aun cuando las oportunidades parecen lejanas. Representó a una comunidad que no solo existe en Estados Unidos, sino que impacta al mundo entero. Una comunidad que trabaja, que migra, que construye, que ama, que resiste.

La presentación estuvo llena de mensajes y de detalles pensados con intención. Nada parecía puesto al azar. Y uno de los momentos que más me gustó fue la forma en la que logró representar quién es y por qué está hoy ahí. El gesto de entregar su Grammy recién ganado al “Benito niño” fue un recordatorio de que los sueños se cumplen cuando no abandonas tu esencia, cuando sigues caminando aun cuando el camino se vuelve difícil, y cuando honras al niño que un día soñó con llegar hasta aquí.

Uno de los mensajes más claros del show fue ese: los sueños sí se pueden alcanzar, pero no a costa de olvidar quién eres ni de dónde vienes. Llegar lejos no significa desconectarte de tu historia, sino honrarla. En tiempos donde el éxito suele medirse solo en números, fama o poder, el mensaje fue distinto: el verdadero logro está en no perder el objetivo ni el rumbo, aun cuando el camino cambia.

Y entonces apareció una frase que ya había utilizado durante los premios Grammy, que en este contexto cobró una fuerza aún mayor: “The only thing more powerful than hate is love.”  que en español quiere decir:  “La única cosa más poderosa que el odio es el amor”. Una frase que rompe fronteras. Y no es solo una frase bonita, es algo que viene a incomodar, invita a ver el mundo desde otro lugar. Es una frase que rompe patrones, estigmas y narrativas que hoy atraviesan no solo a nuestros hermanos migrantes, sino al mundo entero.

En un contexto global marcado por la división, el rechazo y el miedo, poner al amor como la fuerza más poderosa no es ingenuo: es muy valiente.

Ese mensaje no habló únicamente a la comunidad latina. Habló a cualquiera que se haya sentido fuera de lugar, señalado, juzgado o invisible. Habló de unidad, de humanidad y de la necesidad urgente de reconocernos uno en el otro. En un tiempo donde el odio parece organizarse mejor que la empatía, poner al amor como acto de resistencia es, revolucionario.

Tal vez la conversación que falta no es si nos gusta o no su música. Tal vez la verdadera conversación es qué hacemos con los espacios que ocupamos. Porque no todos tenemos un escenario como el Super Bowl, pero todos tenemos uno: nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra comunidad, nuestra voz. Y la pregunta es la misma para todos: ¿Estamos usando esos espacios solo para esta o para decir algo que valga la pena?

Ayer, en uno de los escenarios más importantes del mundo, un artista latino entendió que el espectáculo también puede ser mensaje, el decidió no solo entretener, sino decir algo que valía la pena escuchar. Que la visibilidad también puede ser responsabilidad y que el amor, dicho sin gritar, puede ser más fuerte que cualquier odio. Y eso, nos guste o no su música, es algo que merece ser pensado, conversado y, sobre todo, replicado.

 

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