El año pasado, el Chef instructor del CECATI Delicias, Kevin Arvizo, impartió un curso llamado Comfort food en el cual se prepararon alimentos que al consumirlos traen a nosotros la nostalgia de algún momento en nuestras vidas, personas queridas o lugares entrañables. En el año 1992 yo tenía 9 años y se estrenó una de la película mexicana “Como agua para chocolate”, dirigida y producida por Alfonso Arau, quien adaptó la novela de Laura Esquivel (su entonces esposa). En esa época, y obviamente por mi edad, yo no la vi en el cine, pero recuerdo haber leído en las revistas y periódicos que fue un éxito tanto en taquilla como en premios. Años después vi la película y leí el libro.

Si tú, querido lector, no has leído el libro, visto la película o no te has enganchado con la serie de HBO que produce Salma Hayek, te invito a que lo pongas en tu lista de pendientes por hacer este año. Hay historias que regresan a una como los aromas que uno creía olvidados: los frijoles cociéndose con agua, sal, cebolla y ajo; la sopita de fideo que cuando estamos enfermos nos sabe a gloria; la carne asada dominical. Así me llegó esta nueva adaptación de Como agua para chocolate.

No sé si es la edad, los cuarenta y tantos que ya se sienten más en el alma que en la espalda, o si simplemente somos mujeres distintas a aquellas adolescentes que en los noventa nos enamoramos perdidamente de la película original. Entonces creíamos que el amor era eso que nos habían contado: una mezcla de sacrificio, destino trágico y silencios bien portados. Veíamos a Tita y a Pedro como la pareja perfecta, la más pura, la que merecía todo, aunque destruyera alrededor lo que fuera necesario. Hoy lo veo distinto. Y lo agradezco.

La serie recupera la esencia de la historia: Tita y Pedro, unidos por un amor profundo e imposible debido a la tradición familiar (y un “secretillo” guardado por Mamá Elena) que obliga a la hija menor —en este caso Tita— a no casarse nunca para cuidar a su madre hasta la muerte. Una regla que hoy parece bárbara pero que, en el norte de México, donde muchas crecimos, no suena tan lejana al eco de nuestros antepasados. Tita es hija de esa época, criada por su nana Nacha, la cocinera de la casa, quien a través de la preparación de los alimentos, de la relación con el fuego, las ollas, los productos de la tierra y el sazón único que da el amor con que se prepara todo, transmite a Tita deliciosas recetas a las cuales les impregna sus emociones y sentimientos.

La cocina se muestra como el territorio donde ella respira, su refugio y su trinchera. Esa conexión mágica con los alimentos —que en esta adaptación es visual, intensa, luminosa— no es solo un recurso narrativo. Es un recordatorio de cómo tantas mujeres hemos encontrado en la cocina un lenguaje propio cuando la vida no les daba voz. Si hablamos de las mujeres norteñas de principios del Siglo XX: ahí lloraban, ahí reían, ahí maldecían en silencio, ahí se permitían sentir lo que el mundo les prohibía.

Me encantó recordar las analogías que Laura Esquivel retrata entre lo que se prepara en una cocina y nuestras emociones. Una cebolla picada podía ser una confesión y una salsa demasiado picosa, un reclamo. Buscando en internet comentarios y reseñas de esta serie me encantó ver proyectada mi percepción. La mayor revelación de esta nueva adaptación no está en el realismo mágico, ni en la belleza de las locaciones, ni en la impecable producción encabezada por Salma Hayek Pinault; la verdadera revelación está en cómo hemos cambiado nosotras. La adolescente que fui veía en Pedro un mártir del amor. La mujer que soy lo ve con otros ojos, y con muchas ganas de darle unas cachetadas (broma). Su amor por Tita, aunque arrebatado, está lleno de decisiones que hoy no pasamos por alto: casarse con Rosaura para quedarse cerca de Tita, dañar a una para adorar a otra, creerse pieza indispensable de un destino que oprime a ambas. Y Rosaura… ay, Rosaura; tan fácil fue odiarla en los noventa y hoy la serie la pinta con matices más humanos: también está atrapada, también es víctima de la tradición, también carga con las expectativas que nunca pidió.

Y luego está el Dr. John Brown, ese personaje que antes nos parecía “el bueno pero aburrido”, el hombre que ofrecía estabilidad cuando nosotras queríamos tormenta. Hoy, desde este lugar donde el amor se vive con menos ingenuidad y más conciencia, su presencia se siente como un soplo de aire caliente salido del horno: suave, reconfortante, honesto, protector. Me compartió una amiga una entrevista con el actor Francisco Angelini, quien interpreta este personaje en la serie; en ella le preguntan si el amor del Dr. Brown fuera un platillo, ¿cómo se llamaría y qué ingredientes llevaría? Y fue el director de la serie, Julián de Tavira, quien respondió que John sería “una ensalada…, porque es sana, porque cura, te trata bien, porque te alimenta… pero no te apasiona”. Y ¡ah cómo me cayó el saco!

He escuchado a varias de mis contemporáneas expresar algo que yo misma he dicho: queremos un compañero de vida con esas características de la “Ensalada Dr. Brown” pero también con la pasión por la vida y la adrenalina que los Pedros Musquiz de estos tiempos nos proporcionan.

Pero entre todo el listado de elementos por analizar de esta historia, una de las cosas que más me conmueve es ver cómo la historia dialoga con nuestra propia evolución. Las mujeres del norte que fuimos educadas para aguantar, para callar, para amar “para siempre” aunque doliera, ahora leemos a Tita desde otro lugar. Ya no somos las niñas que se tragaban el cuento del amor sacrificado. Ahora sabemos que el amor también puede ser paz;que la libertad, desde el amor, no es un lujo, es un derecho. Que nosotras somos las escritoras de nuestros propios destinos a través de las decisiones que vamos tomando a lo largo de nuestras vidas.

Y por eso, quizá, esta serie llega en buen momento a esta temporada de mi vida: para recordarme lo que fui, para celebrar lo que soy, para no olvidar lo que aún falta. Hubo un tiempo en que todas hemos sido Tita: ardimos en silencio, obedecimos recetas ajenas, amamos como nos dijeron que se amaba.

Ahora tengo una tarea que quiero compartir contigo: leamos nuevamente la novela de Laura Esquivel. No porque la serie no baste, sino porque algunas historias —como ciertos guisos— saben distinto cuando vuelves a probarlas con el corazón cambiado.

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