Muy Seguido hablamos de los instantes: de lo urgente, de lo que se ve y de lo que nos genera una reacción rápida. Yo misma lo he hecho muchas veces. Pero con el tiempo vamos aprendiendo que también existen temas que necesitan hacer pausas, reflexionar más y tener menos prisa. Conversaciones que no buscan enfrentarnos unos a otros, sino ayudarnos a entender mejor la realidad que compartimos y las decisiones que tomamos como comunidad.

Esta columna nace justo ahí: en ese espacio donde hay conversaciones pendientes.

Iniciar un nuevo año también nos regala algo valioso: un poco más de disposición para escuchar, para interesarnos en temas nuevos y para ver con atención las cosas que algunas veces no nos parecen importantes. Es un buen momento para hablar de lo que no siempre está en los titulares, pero sí forma parte de la comunidad: el bien común, la participación, la forma en que mujeres, jóvenes y ciudadanos en general nos involucramos en la vida pública desde nuestro día a día.

Porque lo público no es algo lejano ni ajeno. Lo vivimos todos los días. Se vive en la forma en que se organizan las familias, en el trabajo, en la escuela, en los barrios, en los parques y en los pequeños esfuerzos que, cuando los sumamos, se logran cambios reales. A veces olvidamos que las instituciones y la ciudadanía no avanzan por caminos separados; formamos parte del mismo tejido social.

Delicias es una ciudad que se ha construido a base de trabajo y colaboración. Es un municipio joven en años, pero con una identidad fuerte, formada por generaciones que han sabido organizarse, apoyarse y salir adelante juntos. Se ha logrado desde la organización de colonias para mejorar sus espacios, hasta la participación ciudadana en actividades educativas, culturales y sociales, el avance de la ciudad ha sido posible cuando se trabaja en conjunto.

Aquí hemos visto cómo el compromiso comunitario transforma realidades: cuando madres y padres se involucran de lleno en la educación de sus hijas e hijos, cuando los vecinos se organizan para cuidar  su entorno, cuando los jóvenes participan en proyectos deportivos o culturales, o cuando mujeres abren camino en espacios donde antes no tenían voz. Esos esfuerzos diarios, que muchas veces parecen simples, también son vida pública.

Durante mucho tiempo se nos enseñó que cuestionar era sinónimo de conflicto y que opinar debía hacerse con cuidado para no incomodar. Yo no creo que deba ser así. Una comunidad madura no se construye desde el silencio, sino desde la capacidad de dialogar, de escuchar distintas opiniones, construir acuerdos con respeto y responsabilidad, y de pensar en el bien común.

Hablar de ciertos temas no es estar en contra de nada ni de nadie, es involucrarse. Es preguntarnos como queremos vivir, qué ciudad queremos seguir construyendo y qué papel nos toca asumir desde donde estamos. Pensar la vida pública desde lo humano fortalece a la comunidad y a sus instituciones. Cuando escuchamos distintas voces, tomamos mejores decisiones y logramos acuerdos más firmes.

Esta columna no busca imponer ideas ni señalar errores. Busca abrir conversaciones, sumar miradas y reconocer que las mejores soluciones suelen surgir cuando se piensa en conjunto. Tal vez no siempre coincidamos, y está bien. Lo importante es no dejar de hablar, de escuchar y de construir juntos.

Porque las ciudades no se transforman desde el silencio, sino desde el diálogo.

Aquí empieza la conversación que hace falta.

Autor

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here