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La Madre Tierra también es jochis

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Junio es el mes del orgullo LGBT y probablemente más de una persona ya se molestó con el puro título de esta columna. Tranquila, mana. Respira. No estoy diciendo que el planeta tenga orientación sexual ni que los árboles anden organizando marchas. Estoy diciendo algo mucho más incómodo: que la naturaleza lleva millones de años demostrando que la diversidad no es un error, una moda o una amenaza. Es una de las razones por las que la vida sigue existiendo.

Durante décadas nos enseñaron que la naturaleza era perfectamente ordenada, rígida y que todo funcionaba bajo reglas simples. Macho, hembra, reproducción y fin de la historia. Pero conforme la ciencia avanzó, la realidad resultó muchísimo más interesante. Actualmente se han documentado comportamientos homosexuales en más de 1,500 especies animales. Delfines, pingüinos, jirafas, cisnes, bonobos, elefantes, ovejas, insectos y distintas especies de aves presentan conductas que durante mucho tiempo algunos intentaron ignorar porque simplemente no encajaban en la narrativa tradicional.

La naturaleza, como suele pasar, nunca pidió permiso para ser compleja.

Existen peces payaso que pueden cambiar de sexo a lo largo de su vida. Hay peces lábridos donde una hembra puede transformarse en macho cuando cambia la estructura social del grupo. Existen especies de aves donde parejas del mismo sexo participan en crianza. Hay organismos que se reproducen de formas que rompen cualquier manual moralista que alguien haya querido imponerle al mundo natural. La vida no leyó nuestros prejuicios ni pidió aprobación antes de inventar sus propias estrategias.

Y eso debería hacernos reflexionar.

Porque cuando hablamos de biodiversidad solemos celebrar la variedad de especies, ecosistemas y formas de vida. Nos emociona la idea de que existan millones de organismos distintos habitando el planeta. Entendemos que un arrecife saludable necesita diversidad, que una selva necesita diversidad, que un pastizal necesita diversidad, que un ecosistema fuerte depende precisamente de muchas formas de vida interactuando al mismo tiempo. Pero curiosamente esa lógica desaparece cuando hablamos de personas. La diversidad deja de parecernos una fortaleza y de pronto se vuelve un tema de debate, como si la diferencia humana fuera menos natural que la diferencia biológica.

Lo más interesante es que en los últimos años ha tomado fuerza una corriente conocida como ecología queer. No se trata de poner glitter biodegradable en los árboles ni de organizarle una marcha al océano, aunque ganas no faltan. Se trata de cuestionar la idea de que existe una única forma “correcta” de relacionarse con la naturaleza. La ecología queer nos recuerda que los ecosistemas son dinámicos, cambiantes, diversos y mucho menos rígidos de lo que algunas personas quisieran creer.

Y tiene sentido.

Los ecosistemas más resistentes suelen ser los más diversos. Las comunidades biológicas más estables son aquellas donde existen múltiples funciones, estrategias y adaptaciones. La diversidad no debilita, fortalece. Eso aplica en la naturaleza y también debería decirnos algo sobre la sociedad que estamos construyendo.

Quizá por eso resulta tan absurdo que todavía existan personas convencidas de que la diferencia representa una amenaza. La diferencia no amenaza la vida. La sostiene. Lo que amenaza la vida es la uniformidad impuesta, la intolerancia, la exclusión y esa necesidad tan humana de querer meterlo todo en una sola categoría para sentirnos cómodos.

Y ojo, esta conversación también tiene una dimensión ambiental muy actual. En distintas partes del mundo se habla cada vez más de justicia ambiental, porque la crisis climática, la contaminación y la pérdida de territorio no afectan a todas las personas por igual. Las comunidades más vulnerables suelen enfrentar primero las olas de calor, la falta de agua, los desplazamientos, la mala calidad del aire y la pérdida de espacios seguros. Por eso las luchas por los derechos humanos y las luchas ambientales no están separadas. Ambas preguntan lo mismo: quién tiene derecho a vivir con dignidad, con seguridad y con futuro.

Durante años, muchas personas LGBT han tenido que pelear por algo tan básico como existir sin esconderse. No pedir permiso para amar, para nombrarse, para caminar, para ocupar un espacio. Y quizá ahí existe una conexión profunda con el ambientalismo: también los ecosistemas han sido tratados como algo que solo merece existir si sirve, si produce, si genera dinero, si no incomoda al desarrollo. En ambos casos, hay una lucha contra la misma lógica de fondo: la idea de que solo merece protección aquello que encaja en lo que otros consideran útil, normal o rentable.

Por eso este mes del orgullo también puede ser una oportunidad para pensar el planeta desde otro lugar. No solo desde la conservación, sino desde la inclusión. No solo desde la biología, sino desde la justicia. No solo desde la ciencia, sino desde la empatía. Porque si algo nos enseña la naturaleza es que la vida florece mejor cuando hay espacio para muchas formas de existir.

Así que sí, la Madre Tierra también es jochis, no porque tenga bandera, sino porque lleva millones de años siendo diversa, exagerada, cambiante, colorida, impredecible y absolutamente incapaz de caber en una sola definición. Y si eso incomoda a alguien, tal vez no es problema de la Tierra. Tal vez es problema de quien todavía no entiende cómo funciona la vida.

Consejo incómodo: este PRIDE no te quedes solo en la fiesta, el outfit o la foto con arcoíris. Celebra, claro que sí, pero también apoya espacios seguros, consume de proyectos LGBT locales, escucha historias distintas a la tuya y recuerda que la diversidad no se defiende solo un mes ni solo cuando se ve bonita. Y si vas a marchar, hazlo también con conciencia ambiental: evita basura innecesaria, cuida el espacio público y demuestra que el orgullo también puede ser colectivo, responsable y profundamente vivo.

La naturaleza jamás castigó la diversidad. Al contrario, la convirtió en su mayor fortaleza.

Juntos Todos por un planeta donde ninguna forma de vida tenga que pedir permiso para existir. 🌈🌎✨

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