Una película sobre juguetes me hizo preguntarme si las nuevas generaciones están dejando atrás la infancia antes de tiempo.
Hace unos días salí del cine con una pregunta que no esperaba llevarme.
No era una pregunta sobre la película en sí, ni sobre sus personajes, ni siquiera sobre la
nostalgia que despiertan historias que han acompañado a varias generaciones. Era una
pregunta sobre nuestra infancia y sobre la forma en que la estamos viviendo hoy.
Durante años hemos escuchado que cada generación es diferente. Que los tiempos
cambian. Y es verdad. Sin embargo, mientras observaba una historia sobre juguetes,
amistades y crecimiento, me encontré pensando en algo más profundo: ¿la infancia se está
acortando?
No hablo de prohibir la tecnología ni de idealizar el pasado. Pertenezco a una generación
que creció entre computadoras, internet, videojuegos y teléfonos celulares. Nosotros
también vivimos el inicio de una transformación digital que parecía imparable. La tecnología
forma parte de nuestra vida y sería absurdo negarlo.
Pero existe una diferencia importante entre utilizar la tecnología y permitir que ocupe todos
los espacios.
Antes, las preocupaciones eran otras. Hubo generaciones que pasaban horas frente al
televisor. Otras que no se despegaban del teléfono de casa para hablar con sus amistades.
Hoy las pantallas caben en un bolsillo y nos acompañan prácticamente todo el tiempo. La
tecnología cambió, pero el desafío sigue siendo el mismo: encontrar equilibrio.
Lo que me preocupa no es que las niñas, niños y adolescentes utilicen dispositivos
electrónicos. Lo preocupante es cuando dejan de explorar, imaginar, jugar o convivir porque
sienten que esas actividades ya no son aceptadas socialmente.
En ocasiones parece que crecer ya no significa asumir nuevas responsabilidades, sino
abandonar rápidamente aquello que nos hace niños.
Y ahí es donde vale la pena detenernos.
¿Por qué algunos niños sienten vergüenza de jugar? ¿Por qué actividades que antes
formaban parte natural de la infancia ahora son vistas como algo infantil en el sentido
despectivo de la palabra? ¿Estamos permitiendo que las etapas de desarrollo ocurran a su
ritmo o estamos empujando a las nuevas generaciones a crecer antes de tiempo?
La imaginación no es una pérdida de tiempo. El juego tampoco. Jugar ayuda a desarrollar
creatividad, habilidades sociales, empatía, resolución de problemas y confianza. Es una
herramienta de aprendizaje tan importante como cualquier otra.Por eso, más que preguntarnos cuánto tiempo pasan los jóvenes frente a una pantalla,
quizá deberíamos preguntarnos qué espacios les estamos dejando para ser jóvenes.
¿Tienen tiempo para convivir con sus amistades fuera de internet?
¿Tienen oportunidades para crear, explorar y equivocarse?
¿Tienen momentos para desconectarse y simplemente disfrutar de su entorno?
No se trata de elegir entre tecnología o juego, entre modernidad o tradición. Se trata de
recordar que una cosa no debería reemplazar por completo a la otra.
Las generaciones siempre crecerán. Los intereses cambiarán. Los juguetes serán
guardados algún día y nuevas responsabilidades llegarán. Eso es parte natural de la vida.
Lo que no debería ser normal es que las niñas y los niños sientan la necesidad de
abandonar su infancia antes de haberla vivido plenamente.
Quizá la conversación más importante no es sobre las pantallas.
Quizá la conversación es sobre cómo asegurarnos de que cada etapa de la vida tenga el tiempo que merece



