Hace seis años asesinaron a Homero Gómez. Seis. Y aun así, su nombre sigue incomodando. No porque sea difícil de pronunciar, sino porque nos recuerda algo que preferimos olvidar: cuidar el planeta sigue siendo una actividad de alto riesgo cuando se enfrenta a intereses que no quieren ser cuestionados.

Homero no murió por accidente ni por mala suerte. Murió por defender un bosque, por proteger a la mariposa monarca, por demostrar que la conservación puede ser una forma digna de vida comunitaria. Su historia no es solo una tragedia ambiental; es un espejo incómodo de un país donde proteger la naturaleza todavía puede costar la vida, mientras destruirla suele salir barato.

Seis años después, seguimos hablando de cambio climático, biodiversidad, agua y justicia ambiental. Hemos avanzado en conceptos, en discursos, incluso en tecnología. Hoy hablamos de inteligencia artificial, de algoritmos que predicen incendios, de sistemas que detectan deforestación en tiempo real, de modelos que ayudan a optimizar el uso del agua o a identificar especies en segundos. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para cuidar el planeta. Y, sin embargo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿para quién y para qué usamos ese poder?

La inteligencia artificial no es buena ni mala por sí misma. Es una herramienta. Puede servir para vigilar ecosistemas, apoyar la ciencia ciudadana, alertar sobre tala ilegal, monitorear fauna, mejorar la gestión de residuos y ayudar a tomar decisiones ambientales más informadas. Pero también puede ser usada para profundizar desigualdades, extraer más recursos, justificar proyectos destructivos o simular compromisos ambientales que no existen. La tecnología no reemplaza la ética. Y los datos no sustituyen la voluntad.

Ahí es donde la memoria de Homero Gómez cobra un nuevo sentido. Porque ningún algoritmo puede proteger un bosque si la justicia no existe. Ninguna plataforma puede cuidar a quienes defienden el territorio si el poder sigue mirando hacia otro lado. Ninguna inteligencia artificial puede llamarse “verde” si se usa para maquillar destrucción o silenciar comunidades.

Usar la IA en favor del medioambiente implica responsabilidades claras. Significa poner la tecnología al servicio de la conservación real, no del extractivismo digital. Significa escuchar a las comunidades, respetar el conocimiento local, proteger a quienes cuidan la naturaleza en campo y no solo a quienes la analizan desde una pantalla. Significa transparencia, acceso abierto, ciencia colaborativa y decisiones que prioricen la vida sobre el beneficio inmediato.

También implica algo más sencillo y más profundo: no olvidar. Porque la innovación sin memoria repite errores. Y la memoria sin acción se vuelve homenaje vacío.

Hoy, a seis años del asesinato de Homero Gómez, hablar de inteligencia artificial y medioambiente no puede hacerse sin hablar de justicia, de territorio y de personas. De quienes están en la primera línea, cuidando bosques, ríos y especies sin drones, sin sensores, sin protección suficiente. La tecnología puede acompañar, potenciar y apoyar. Pero nunca debe sustituir la defensa humana del planeta ni servir como excusa para desentendernos.

Quizá el verdadero avance no sea tener máquinas más inteligentes, sino sociedades más conscientes. Quizá el reto no sea automatizar el cuidado del planeta, sino organizarnos mejor para defenderlo. Y quizá el mejor uso de la inteligencia artificial sea ayudarnos a no repetir las mismas tragedias, a anticipar daños y a darle voz y respaldo a quienes, como Homero, decidieron cuidar la vida aun sabiendo el riesgo.

Consejo incómodo: no idealices la tecnología ni olvides a las personas. Exige que la inteligencia artificial se use para proteger ecosistemas, no para justificar su destrucción. Apoya la ciencia abierta, la vigilancia comunitaria y la protección de defensores ambientales. Y cada vez que una innovación se venda como “verde”, pregúntate a quién beneficia y a quién deja fuera. El futuro del planeta no se programa solo: se defiende, se cuida y se recuerda.

Juntos Todos por una memoria viva y una tecnología al servicio de la vida.

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