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Cincuenta columnas después… seguimos sin entender lo básico

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La semana pasada hablábamos del Mes del Medioambiente y de cómo la educación ambiental suele tratarse como una actividad secundaria, como un taller ocasional o una campaña de temporada que aparece en junio y desaparece cuando terminan las fotos. Y mientras preparaba esta segunda parte me di cuenta de algo curioso: después de cincuenta entregas de Planeta Incómodo, sigo llegando a la misma conclusión. Hemos hablado de agua, murciélagos, ciudades, contaminación lumínica, movilidad, incendios, fracking, energía, minería, biodiversidad, consumo digital, TikTok, Temu, hipopótamos invasores, Mahahual, derechos de la naturaleza, defensores ambientales asesinados, derrames petroleros, astronomía, ciencia ciudadana y educación ambiental. Cincuenta temas distintos. Cincuenta conversaciones diferentes. Y aun así, el problema de fondo sigue siendo exactamente el mismo.

Seguimos sin entender lo básico.

No porque falte información. De hecho, nunca habíamos tenido tanta. Vivimos en la época con más acceso al conocimiento en toda la historia de la humanidad. Tenemos satélites observando el planeta en tiempo real, inteligencia artificial capaz de procesar millones de datos, publicaciones científicas disponibles con un clic y una cantidad absurda de información en nuestros teléfonos. Sin embargo, seguimos actuando como si el agua apareciera mágicamente en la llave, como si la electricidad naciera dentro del enchufe, como si los alimentos crecieran en el supermercado y como si los ecosistemas fueran paisajes decorativos cuya única función fuera verse bonitos en fotografías.

Después de cincuenta columnas, estoy convencido de que muchos de nuestros problemas ambientales no nacen de la maldad, sino de la desconexión. Hemos logrado una hiperconexión digital impresionante mientras nos desconectamos del territorio que sostiene nuestra propia existencia. Sabemos más sobre algoritmos que sobre acuíferos. Conocemos mejor las tendencias de redes sociales que las especies que viven en nuestra ciudad. Podemos identificar logotipos de empresas internacionales en segundos, pero no reconocer un árbol nativo frente a nuestra casa. Y cuando dejamos de entender nuestro entorno, comenzamos también a dejar de defenderlo.

Tal vez por eso resulta tan fácil convencer a una sociedad de que destruir un manglar es desarrollo, que rellenar un humedal es progreso o que desmontar un ecosistema completo es una inversión. Cuando una persona entiende qué hace un manglar, cómo funciona una cuenca o por qué una especie importa dentro de una red ecológica, es mucho más difícil venderle una mala decisión envuelta en papel de regalo. Pero cuando no existe educación ambiental, todo se reduce a una narrativa simple: empleo contra naturaleza, desarrollo contra conservación, crecimiento contra árboles. Y entonces siempre parece que la naturaleza es la que estorba.

Lo más irónico es que muchas de las discusiones que hemos tenido en esta columna terminan regresando al mismo punto. Cuando hablamos de contaminación lumínica, en realidad estábamos hablando de educación ambiental. Cuando hablamos del agua, también. Cuando discutimos sobre fracking, sobre Mahahual, sobre el Tren Maya, sobre la crisis climática o sobre las especies invasoras, también. Porque detrás de cada uno de esos temas existe una ciudadanía que entiende o no entiende lo que está ocurriendo. Y esa diferencia cambia absolutamente todo.

Por eso me preocupa cuando la educación ambiental se trata como un lujo. Como algo que se hace si sobra presupuesto. Como una actividad simpática para niños. Como un complemento opcional. La realidad es exactamente la contraria. La educación ambiental es una herramienta de supervivencia. Nos ayuda a comprender riesgos, a tomar mejores decisiones, a exigir cuentas, a diferenciar ciencia de propaganda y a reconocer cuándo alguien está intentando vendernos una solución que en realidad es parte del problema.

Y quizá ahí está la razón por la que nunca termina de recibir la atención que merece. Una ciudadanía ambientalmente educada es incómoda. Hace preguntas. Pregunta por qué falta agua. Pregunta por qué se autorizó un proyecto. Pregunta por qué se taló una zona. Pregunta por qué la calidad del aire empeora. Pregunta por qué seguimos repitiendo errores que ya conocemos. Y una sociedad que pregunta es mucho más difícil de manipular que una sociedad que simplemente consume información sin cuestionarla.

Aun así, después de cincuenta semanas, también veo razones para ser optimista. Veo más jóvenes participando en ciencia ciudadana. Veo más personas registrando biodiversidad. Veo más ciudadanos cuestionando decisiones públicas. Veo más gente interesada en entender cómo funciona el planeta que habitamos. Veo comunidades defendiendo ríos, humedales, manglares y áreas naturales. Veo cada vez más personas comprendiendo que el medioambiente no es una causa de unos cuantos, sino la base que sostiene absolutamente todo lo demás.

Quizá por eso esta entrega número cincuenta no la veo como una meta. La veo como una pausa. Una oportunidad para recordar que detrás de cada tema que hemos discutido existe una misma necesidad: aprender a entender el mundo natural antes de seguir transformándolo. Porque después de cincuenta columnas, de cientos de páginas escritas y de incontables conversaciones, sigo convencido de algo.

El mayor problema ambiental no es el cambio climático.

No es la contaminación.

No es la pérdida de biodiversidad.

El mayor problema ambiental es que todavía creemos que esos temas le corresponden a alguien más.

Consejo incómodo: este mes no te propongas salvar el planeta. Propónte entenderlo un poco mejor. Aprende de dónde viene tu agua, qué especies viven cerca de ti, qué problemas ambientales enfrenta tu comunidad o cómo funcionan los ecosistemas que sostienen tu vida diaria. Porque nadie protege lo que no conoce.

Después de cincuenta columnas, la lección sigue siendo la misma: no podemos cuidar lo que no entendemos.

Juntos Todos por una sociedad que deje de mirar al medioambiente como un tema apartey empiece a reconocerlo como el punto de partida de todo lo demás. 🌎📚

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