Hay disciplinas que llegan a tu vida no para definir quién serás, sino para enseñarte quién puedes llegar a ser.
El boxeo fue una de ellas para mí. No como un destino final, sino como una escuela que, sin darme cuenta en ese momento, estaba formando carácter, disciplina y una manera distinta de enfrentar la vida. Entre entrenamientos, sacrificios y rounds interminables, el boxeo se convirtió en una herramienta que me permitió avanzar, crecer y construir un camino más allá del ring.
Como boxeador amateur desde los 13 años hasta los 24, fue este deporte el que, golpe a golpe, disciplina a disciplina, me ayudó a pagar mis estudios universitarios en la Licenciatura en Administración de Empresas en la Universidad Autónoma de Chihuahua.
El boxeo me enseñó mucho más que a lanzar golpes o a resistirlos. Me enseñó una filosofía de vida que hoy sigo aplicando fuera del ring. Porque el boxeo no se trata solo de pelear, se trata de carácter.
Mi papá, mi entrenador me decía “acuérdese que una pelea también se gana aun cuando se camine hacia atrás”, no lo entendí en ese momento y aplicado a la vida ahora defino que si, a veces pensamos que vamos “perdiendo” por creer que eso mismo vamos hacia atrás pero no, el crecimiento está ahí, el gane está ahí también.
En el boxeo aprendes rápidamente que nada es gratis. Cada avance requiere horas de entrenamiento, sacrificios, madrugadas, cansancio y una voluntad firme para no rendirte cuando el cuerpo ya quiere parar. Esa misma lógica aplica en la vida: no hay atajos reales, solo procesos que exigen constancia y compromiso.
El boxeo te enseña a pensar con la cabeza fría cuando todo parece estar en tu contra. Arriba del ring no hay espacio para el pánico: si te desesperas, pierdes; si te rindes mentalmente, caes antes del golpe final. Aprendes a respirar en medio del caos, a leer la pelea, a adaptarte y a seguir, incluso cuando el cansancio y el dolor se hacen presentes. Porque en el boxeo, como en la vida, no siempre ganas, pero cada round te deja una lección. Hay derrotas que no se reflejan en el marcador, pero que te fortalecen por dentro, te obligan a corregir, a ser humilde y a volver más preparado. Saber perder también es parte del entrenamiento, porque solo quien acepta la derrota es capaz de crecer, levantarse y pelear mejor el siguiente round.
El boxeo te enseña a respetar. Al rival, al entrenador, al proceso y, sobre todo, a ti mismo. Te obliga a conocer tus límites, pero también a descubrir que puedes ir más allá de lo que creías posible. Te da disciplina mental, control emocional y una fortaleza que no siempre se ve, pero se siente.
Hoy, lejos del ring, sigo creyendo que el boxeo fue una de mis mejores escuelas. No me formó como boxeador, me formó como persona. Me enseñó que creer en ti mismo, incluso cuando nadie más lo hace, puede abrirte puertas impensables. Que la vida, como el boxeo, no siempre se gana por nocaut, sino por resistencia, inteligencia y corazón.
Creer es crear. Y yo creé mi camino entendiendo que cada round de la vida se pelea con disciplina, propósito y la convicción de que, pase lo que pase, siempre vale la pena levantarse para seguir.







































