Hoy es Día de la Tierra, y como cada 22 de abril volveremos a ver el ritual completo: frases bonitas, reels con bosques perfectos, mensajes sobre “amar al planeta” y una tranquilidad moral de 24 horas que sirve para sentir que algo hicimos, aunque mañana volvamos a lo mismo. Y ahí está precisamente lo incómodo: el Día de la Tierra nació como un grito político y ambiental, no como una efeméride cómoda para decorar redes sociales. Este 2026 llega con un lema que suena potente, “Nuestro poder, nuestro planeta”, y que insiste en algo muy simple pero bastante molesto para quien ama los pretextos: el cambio no depende solo de gobiernos ni de cumbres, también depende de comunidades, escuelas, trabajadores, familias y decisiones cotidianas. Es decir, depende de nosotros… qué mala suerte.
El problema es que el planeta no está exactamente en modo celebración. Seguimos consumiendo recursos muy por encima de la capacidad de regeneración de la Tierra, al grado de vivir como si tuviéramos casi dos planetas disponibles. Esa sobredemanda ya no es una advertencia futurista, es una forma de vida que ya normalizamos. Mientras tanto, la temperatura global sigue rompiendo récords, los océanos absorben calor como nunca antes y los eventos extremos dejan de ser excepciones para convertirse en rutina. No es casualidad que cada año escuchemos que fue “el más caluroso registrado”. Tampoco es coincidencia que las sequías se intensifiquen, que los incendios sean más agresivos o que el agua deje de ser un recurso garantizado.
Y aun así… celebramos.
Celebramos mientras hablamos de sostenibilidad pero mantenemos el mismo modelo de consumo. Celebramos mientras pedimos aire limpio pero seguimos diseñando ciudades para autos. Celebramos mientras defendemos la naturaleza en redes sociales pero tomamos decisiones diarias que la deterioran. Celebramos como si el problema fuera simbólico, cuando en realidad es estructural. Como si conmemorar sustituyera transformar.
Porque el Día de la Tierra nunca fue una fiesta. Fue una advertencia.
Nació en un contexto donde la contaminación ya era evidente, donde los ríos ardían, donde el aire enfermaba y donde la presión social obligó a voltear a ver lo que se estaba destruyendo. Era un “esto no puede seguir así”. Hoy, medio siglo después, pareciera que lo convertimos en un “al menos lo estamos intentando”, aunque en el fondo sepamos que no es suficiente.
Y si eso ya era incómodo, hay algo que lo vuelve todavía más duro de aceptar: mientras unos celebran, otros están arriesgando la vida por hacer lo correcto. En México, el año pasado se documentaron más de 300 agresiones contra personas defensoras del medio ambiente, muchas de ellas vinculadas a intereses económicos o incluso a estructuras de poder. No estamos hablando de activismo simbólico, estamos hablando de gente que defiende ríos, bosques y territorios frente a proyectos que los destruyen. Gente que no publica, que no se vuelve tendencia, pero que sostiene la defensa ambiental en la vida real.
Y eso cambia completamente la conversación.
Porque entonces el Día de la Tierra deja de ser un tema de conciencia… y se vuelve un tema de responsabilidad.
Responsabilidad de entender que no basta con saber, que no basta con compartir, que no basta con estar de acuerdo. Que el planeta no necesita aprobación, necesita acción. Que no estamos en una etapa de sensibilización, estamos en una etapa de decisiones.
Y esas decisiones incomodan.
Incomodan porque implican consumo, implican hábitos, implican cuestionar lo que damos por hecho. Implican aceptar que el modelo en el que vivimos tiene consecuencias reales y que no se va a corregir solo. Implican dejar de ver el problema como algo lejano y empezar a verlo como algo propio.
Pero aquí viene la parte que casi no se dice, y que también es importante: no estás solo.
Aunque a veces parezca que sí, aunque a veces incomode ser el que separa residuos, el que cuestiona, el que propone algo distinto, el que no sigue la corriente… somos muchos. Cada vez más. Personas que entienden que el planeta no es un tema de moda, que la naturaleza no es decoración y que la Tierra no es un recurso infinito. Hay comunidades, colectivos, científicos, jóvenes, ciudadanos que ya están actuando, que ya están cambiando hábitos, que ya están empujando desde donde pueden. No es la mayoría todavía, pero ya es una fuerza real.
Y ahí es donde empieza la esperanza.
No en el discurso perfecto, sino en la suma de acciones imperfectas pero constantes.
Consejo incómodo: hoy no te quedes en el mensaje bonito. Haz algo real. Reduce consumo innecesario, cuestiona lo que compras, infórmate sobre lo que pasa en tu entorno, apoya causas locales, cambia hábitos aunque incomode. No se trata de hacerlo perfecto, se trata de dejar de hacerlo igual.
No hay planeta que aguante tanta conmemoración y tan poca consecuencia.
Juntos Todos por una humanidad que deje de felicitar a la Tierra… y empiece, por fin, a corresponderle. 🌎
Sígueme en mis redes sociales:
https://linktr.ee/jctorrecillas












































