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ACEPTACIÓN-CONCIENCIA-ACCIÓN

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Después de unas necesarias (y merecidas) vacaciones, me resulta sumamente terapéutico el regresar a este espacio para compartir con ustedes, queridos lectores, algo más del anecdotario de mi vida.

Con la confianza que me da el redactar esta columna les quiero compartir que durante los últimos meses he estado realizando un trabajo de desprendimiento emocional que me ha permitido fortalecer mi mente, mi espíritu y mi alma. Sin embargo, hace unos días tuve una recaída y fue muy diferente a las anteriores.

Para quienes han llevado a cabo procesos de sanación o recuperación emocional, es sabido que no debemos tener expectativas y que no estamos exentos de recaer; pero esta vez fue muy diferente para mí. Les platico. Mi aceptación de esta recaída me permitió entender que tuvo que pasar así para que pudiera tener una conciencia plena de lo que quiero y no quiero en mi vida y, de esta manera, tomar acción al respecto. Se lee muy fácil pero no tienen idea el tiempo, lágrimas, oraciones, llamadas, mensajes y, sinceramente, hasta unas cuantas borracheras me tomó para llegar a esta etapa de luz en mi vida.

Y no siempre los procesos emocionales tienen que ser de cuestiones del corazón o males de amores; no. Esto aplica para todos los ámbitos en los que nos desenvolvemos: trabajo, amistades, familia, proyectos, etc. En primer lugar, la aceptación constituye el punto de partida. Aceptar no significa resignarse ni justificar aquello que causa dolor, sino reconocer la realidad tal como es: nuestras emociones, pensamientos, experiencias pasadas y circunstancias actuales. Cuando una persona niega lo que siente o vive, queda atrapada en una lucha constante contra sí misma, perdiendo energía y claridad. En cambio, la aceptación abre la posibilidad de reconciliarse con la propia historia y con las limitaciones humanas, lo cual reduce el sufrimiento y permite tomar decisiones desde un lugar más sereno. Desde esta perspectiva, la aceptación es un acto de valentía, porque implica mirarse con honestidad y sin autoengaños.
El segundo elemento es la conciencia, entendida como la capacidad de darse cuenta. Ser consciente implica observarse a uno mismo, identificar patrones de pensamiento, emociones automáticas y creencias que influyen en la conducta cotidiana. A través de la conciencia, la persona deja de reaccionar de manera impulsiva y comienza a elegir. En mi opinión y experiencia, aquí radica una de las claves más profundas de la libertad: no actuar desde la inercia o el condicionamiento, sino desde el entendimiento. La conciencia amplía el margen de elección, ya que permite distinguir entre lo que se hace por costumbre, miedo, presión externa o, como me dice mi querida amiga Tati, por el trauma; y lo que realmente responde a los propios valores y convicciones.

Finalmente, la acción es el puente entre el mundo interno y la realidad externa. Aceptar y tomar conciencia, sin pasar a la acción, puede derivar en estancamiento. Vivir en libertad implica actuar de manera coherente con lo que se reconoce y comprende de uno mismo. Estas acciones no siempre son fáciles ni inmediatas; muchas veces requieren tomar decisiones incómodas, establecer límites, renunciar a expectativas ajenas o asumir responsabilidades personales. Sin embargo, es precisamente en la acción consciente donde la libertad se materializa, ya que se transforma la reflexión en cambios reales. Y ¡ah como se aligera la vida!

Lo que está recaída me dejó como aprendizaje es que sigo siendo responsable de cómo quiero vivir; que nadie ni nada está por encima de mi libertad, la cual no consiste en la ausencia de problemas ni en hacer todo lo que se desea sin consecuencias, sino en elegir con responsabilidad cómo vivir, incluso en medio de la dificultad. El proceso de aceptación, conciencia y acción me ha permitido dejar de ser prisionera de mis miedos, culpas o condicionamientos, y me ha ayudado a convertirme en la protagonista de mi propia vida. Vivir en libertad, desde esta mirada, es un ejercicio constante de honestidad interior, reflexión consciente y compromiso con mi propio crecimiento. Y eso, queridos lectores, no resulta nada cómodo.

 

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