Cada inicio de año solemos llenarnos de propósitos, sueños y buenas intenciones. Decimos que ahora sí haremos aquello que hemos postergado, que este será el año en el que todo cambiará. El calendario se renueva y, con él, parece abrirse la oportunidad de empezar de nuevo. Sin embargo, conforme avanzan los meses, muchos de esos propósitos se quedan solo en palabras. No porque no los deseemos de verdad, sino porque no damos el paso más importante: convertir la intención en acción.
Soñar es una capacidad profundamente humana. Nos permite imaginar futuros distintos, mejores, más plenos. El problema surge cuando esos sueños se acompañan de justificaciones anticipadas: falta de tiempo, de dinero, de apoyo o de condiciones ideales. Entonces el sueño deja de ser una meta y se transforma en una explicación de por qué no empezamos.
Hace algunos años, en una clase de la universidad, les pregunté a mis alumnos si tenían sueños.
Después de algunas respuestas tímidas, una alumna levantó la mano y dijo que su gran sueño era viajar a Europa. De inmediato agregó que lo veía imposible, porque en su casa no había los medios económicos para hacerlo realidad. Su respuesta reflejaba algo que escuchamos con frecuencia: el deseo existe, pero desde el inicio se da por sentado que no se puede.
Le pedí que, al salir de clase, comprara un marranito en el Mercado Juárez. Le expliqué que ese pequeño objeto sería el inicio tangible de su sueño. Le dije que comenzara a ahorrar poco a poco, que en algunas ocasiones dejara de salir, que evitara compras innecesarias y que, sobre todo, jamás sacara dinero de ese ahorro. No se trataba de juntar grandes cantidades de inmediato, sino de constancia, disciplina y compromiso. Le aseguré que, si respetaba ese acuerdo consigo misma, su sueño algún día se cumpliría.
Pasaron los años. Un día, esa misma alumna se acercó y me dijo que estaba por terminar la carrera y que viajaría a Europa junto con una amiga. Se despidió de mi diciéndome, que viera sus historias en redes sociales cuando estuvieran allá. En ese momento entendí, una vez más, que los sueños no se cumplen por casualidad ni por buena suerte, sino por decisión. Por pequeñas acciones repetidas a lo largo del tiempo.
Las cosas suceden cuando hay intención, pero sobre todo cuando se actúa. Soñar es importante, pero actuar es indispensable. Ningún propósito de año nuevo se cumple si se queda solo en una lista escrita o en un deseo bien intencionado. Los sueños se construyen con sacrificios cotidianos, con disciplina y con la disposición de renunciar a lo inmediato para apostar por lo que realmente importa.
Este inicio de año es una oportunidad para preguntarnos qué sueño hemos estado postergando y qué estamos dispuestos a hacer para alcanzarlo. Que no se quede en intención. Que no se quede en excusas. Porque cuando hay decisión y acción, las cosas —tarde o temprano— suceden.
Recuerda: Si lo sueñas hazlo, si lo piensas puedes, si lo crees lo haces realidad






































