Desde que era niña fui inquieta y soñadora. De esas niñas que no se quedaban quietas, que preguntaban, que se atrevían y que muchas veces terminaban en problemas por sus travesuras. En la secundaria era reprendida constantemente, y en la preparatoria no fue muy distinto. Estudié en la conocida 20-30, y gracias al apoyo del profesor Arvizu logré terminarla en cuatro años. Yo seguía siendo esa joven rebelde de casa, pero también una joven con muchas ganas de descubrir el mundo.

Al llegar a la universidad decidí estudiar en la ciudad de Chihuahua. Ahí comencé a involucrarme en la vida estudiantil y en la política, participando en sociedades de alumnos y en campañas de distintos candidatos. Era una etapa de aprendizaje, de entusiasmo y de búsqueda de mi propio camino.

Sin embargo, la vida tenía preparadas pruebas que jamás imaginé. A los 21 años me casé y me fui a vivir a Veracruz. Ahí nació mi hija, el amor más grande de mi vida. Pero pocos meses después quedé viuda. Fue un momento profundamente difícil. Regresé a mi tierra con una hija pequeña en brazos y con la certeza de que tenía que empezar de nuevo.

Y así comenzó una nueva etapa. La etapa de una madre que tenía que salir adelante, terminar su carrera y construir un futuro para su hija. Empecé a incursionar en los negocios, después en la educación como coordinadora de la Facultad de Conta durante más de diez años, y más tarde en la función pública.

En ese camino tuve la oportunidad de ser la primera síndica suplente y posteriormente directora del DIF. Paralelamente, la docencia se convirtió en una de mis grandes pasiones. Durante más de 29 años he sido catedrática universitaria, compartiendo conocimiento y aprendiendo también de mis estudiantes.

Mientras trabajaba, también seguí estudiando. Entre responsabilidades, familia y trabajo, realicé dos maestrías y dos doctorados. Más adelante tuve el honor de servir como diputada y de presidir el Congreso en dos ocasiones.

Cuando miro hacia atrás, entiendo que cada etapa de mi vida implicó retos, decisiones difíciles y riesgos. Nada estuvo garantizado. Pero siempre hubo algo que me impulsó a seguir adelante: la convicción de que el miedo no debía detenerme.

Por eso hoy, en el marco del Día Internacional de la Mujer, quiero compartir un mensaje especialmente con aquellas mujeres que lean estas palabras: atrévanse.

Atrévanse a soñar, a estudiar, a emprender, a participar, a equivocarse y a volver a empezar. La vida nos pide asumir muchos roles: hijas, madres, profesionistas, maestras, líderes. Y cada uno de ellos requiere valentía.

Ser una mujer sin miedo no significa que nunca tengamos dudas o dificultades. Significa que, a pesar de todo, decidimos avanzar.

Porque cuando una mujer se atreve, no solo transforma su propia vida. También abre camino para muchas más. Y ese, quizá, es uno de los logros más grandes que podemos alcanzar.

 

 

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