Los maestros son uno de los sectores más criticados cuando algo no funciona en la educación. Si un alumno no aprende, si hay problemas de conducta o si baja el rendimiento, muchas veces el primer señalado es el docente. Sin embargo, pocas veces se voltea a ver lo que pasa fuera del salón de clases, es decir, en el hogar, donde comienza la verdadera formación de los niños.

Dentro del aula, el maestro tiene una gran responsabilidad: enseñar, orientar y formar, pero hoy su trabajo se ha vuelto más difícil, porque cualquier intento de poner orden o disciplina puede ser mal visto. Ya no se le puede llamar la atención a un alumno sin que exista el temor de una queja o una represalia por parte de los padres o incluso de la sociedad. Esto ha provocado que muchos docentes trabajen con miedo, en lugar de hacerlo con autoridad y tranquilidad.

La pregunta es: ¿dónde está la responsabilidad de los padres de familia? Cuando un alumno lleva un arma punzocortante a la escuela o algún tipo de droga, no es algo que aparece de la nada. Hace poco ocurrió un caso en la escuela José Reyes Baeza, en Delicias, lo que nos obliga a reflexionar que estas conductas vienen del entorno que rodea al niño. No se puede exigir que la escuela solucione problemas que nacen en el hogar, cuando falta atención, límites y valores básicos.

Hoy muchos padres exigen resultados académicos, pero no siempre se hacen responsables de la educación emocional y moral de sus hijos. ¿Quién les exige a ellos que enseñen respeto, límites, honestidad y disciplina? La escuela no puede ser la única encargada de educar. El maestro refuerza, pero no sustituye la formación que debe empezar en casa.

Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice. Son como esponjas: observan, escuchan e imitan. Por eso es tan importante que los adultos seamos ejemplo. Hablar con los hijos, preguntarles cómo se sienten, escucharlos y poner reglas claras es parte fundamental de su educación. No se trata de ser duros, sino de ser responsables y presentes.

Todo esto lo sé de primera mano, porque soy esposo de una maestra. Me toca ver cómo se lleva trabajo a casa, cómo enfrenta situaciones difíciles y cómo se preocupa por sus alumnos incluso fuera del horario escolar. Los maestros no solo enseñan, también cargan historias de dolor, abandono o violencia que no les corresponden, pero que atienden porque les importa la seguridad de sus estudiantes.

Las escuelas no son guarderías, son espacios para aprender y formarse como personas, la educación debe ser un trabajo en equipo entre maestros y padres de familia. Si desde casa se enseñan valores, respeto y límites, el maestro podrá hacer mejor su trabajo. Solo así se podrá fortalecer el tejido social y construir un mejor futuro para las nuevas generaciones.

Apoyar a los maestros es también educar mejor a nuestros hijos.

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