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Hoy estamos, mañana ya no

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Estos días he andado particularmente reflexiva. No sé si será la edad, las conversaciones pendientes o simplemente esa conciencia que llega sin avisar, pero he pensado mucho en los días que nos quedan por vivir. No en los que llevamos acumulados, sino en los que realmente tenemos por delante.

Ayer, Nahum, mi esposo, me dio una noticia que me dejó en silencio: había fallecido nuestro amigo Juan Vázquez.

Y lo primero que salió de mí fue casi una protesta incrédula:

—¿Pero qué? Si hace poco pasó por aquí con Michelle caminando y nos saludamos…

Esa escena sigue tan clara en mi memoria. Tan cotidiana. Tan normal. Y, sin embargo, ya pertenece al pasado definitivo. En cuestión de segundos entendí, una vez más, esa verdad que preferimos ignorar: hoy estamos, mañana ya no.

Como si el universo quisiera reforzar la lección, hace poco Omar Calderón me envió la reflexión atribuida a Galileo Galilei sobre la edad y los años verdaderamente vividos. Y, para ser honesta, más nerviosa me puso. Porque cuando uno deja de contar los años cumplidos y empieza a pensar en los años que le quedan, la perspectiva cambia.

Hoy Diego, mi nieto, tiene 11 años. Y su vida pasó rapidísimo. Ayer era un bebé en mis brazos y hoy ya conversa, opina, crece a una velocidad que asombra. ¿En qué momento? Esa pregunta se repite silenciosa. Ojalá esos once años me queden por vivir. Ojalá el tiempo que él ha recorrido con tanta prisa sea una medida generosa de lo que aún me toca.

La vida es profundamente efímera. No porque necesariamente sea corta, sino porque se nos va mientras creemos que hay tiempo de sobra. Postergamos llamadas, abrazos, decisiones importantes. Vivimos diciendo “luego”, como si el calendario fuera un aliado eterno.

Pero no lo es.

La reflexión de Galileo sigue siendo vigente: no importa cuántos años tienes, sino cuántos has vivido de verdad. No todo el tiempo que transcurre es tiempo consciente. No todos los días cuentan igual.

Y entonces surge otra pregunta incómoda:  si sabemos que la vida es frágil, ¿por qué no hacemos que las cosas sucedan?

¿Por qué esperamos el momento perfecto para viajar, para emprender, para reconciliarnos, para decir “te quiero”, para comenzar ese proyecto que late en el corazón? ¿Por qué dejamos que el miedo o la comodidad nos roben los días?

Tal vez por eso, cuando nos preguntan:

—Nahum y tú como se la pasan tan “chido” , siempre de viaje, paseando en moto, juntos en todas partes…

La respuesta es simple y profunda: porque tengo claro que es poco lo que nos queda. Porque entendemos que el tiempo no es infinito. Porque sabemos que el “después” no está garantizado. Y si estamos aquí, queremos vivirlo con intensidad.

No viajamos para presumir, viajamos para sumar memorias.

No rodamos en moto por impulso, sino por conciencia.

No estamos juntos en todas partes por casualidad, sino por elección.

La conciencia de la finitud no debería paralizarnos; debería despertarnos. Debería impulsarnos a vivir más presentes, más agradecidos, más decididos.

Hacer que las cosas sucedan no es un lema vacío; es una forma de honrar el tiempo. Es decidir que mientras estemos aquí, vamos a vivir de verdad.

Hoy estamos.

Mañana, no lo sabemos.

Y quizá esa sea la reflexión más honesta de todas: la vida no se controla, pero sí se aprovecha. Y cada día que amanece es una oportunidad para amar más, para atrevernos más, para vivir con mayor intensidad.

Porque al final, lo único que contará no será la cantidad de años…  sino la valentía con la que decidimos vivirlos.

 

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