Hay una parte de la abogacía que no aparece en los códigos, que no se enseña en la universidad y que, sin embargo, define gran parte del ejercicio profesional.
Es la parte que no se ve.
Porque cuando se piensa en un abogado, se imagina a alguien que conoce la ley, que litiga, que argumenta y que resuelve conflictos. Y sí, todo eso es cierto. Pero hay algo más profundo que rara vez se dice: el abogado también carga historias.
Historias que no son suyas, pero que, por momentos, le pesan como si lo fueran.
Quien ejerce esta profesión sabe que las personas no llegan con un problema aislado. Llegan con contextos. Con emociones. Con preocupaciones que no siempre caben en una demanda o en un escrito. Y entonces, una consulta jurídica deja de ser solo eso, y se convierte en una conversación larga, en una explicación paciente, en un espacio donde alguien, por fin, puede hablar.
El abogado escucha conflictos familiares, problemas patrimoniales, disputas agrarias, situaciones laborales, decisiones personales que afectan vidas enteras. Y en ese proceso, muchas veces se convierte en algo más: en consejero, en mediador, en una especie de psicólogo improvisado o, simplemente, en alguien que acompaña.
Eso no viene en los libros.
Nadie te enseña en la facultad cómo manejar el dolor de una persona que está perdiendo a su familia, o la frustración de quien siente que la ley no le alcanza, o la incertidumbre de quien no sabe qué va a pasar con su patrimonio, su trabajo o su futuro.
Eso se aprende en la práctica. Escuchando. Equivocándose. Entendiendo que el Derecho, por sí solo, no basta si no va acompañado de sensibilidad.
Porque también hay otra realidad: el abogado no puede saberlo todo. El mundo jurídico es amplio, complejo y especializado. Y parte del profesionalismo —y de la ética— está en reconocer los propios límites, en saber canalizar, en dirigir a las personas con quien realmente puede ayudarles mejor.
Pero incluso para hacer eso, primero hay que escuchar.
Primero hay que entender.
Y en ese proceso, el abogado inevitablemente se involucra. No solo con el problema, sino con la persona.
Por eso, la abogacía no puede ni debe separarse de lo más humano que tenemos: la sociedad.
El Derecho no es un conjunto frío de normas; es una herramienta para ordenar la vida en común, para resolver conflictos entre personas reales, con emociones reales. Y quien decide ejercerlo, también decide —aunque no siempre lo advierta al inicio— cargar con una parte de esas realidades.
Porque nadie llega con un abogado por gusto.
Se llega por necesidad. Por preocupación. Por conflicto. Por incertidumbre.
Y en ese momento, más allá de la ley, lo que muchas personas necesitan es ser escuchadas.
Tal vez ahí está una de las responsabilidades más grandes —y menos visibles— de esta profesión: entender que antes que casos, atendemos personas.
Y que, en ocasiones, escuchar bien puede ser el primer paso para hacer justicia.
Arturo Michel Terrazas









































