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¿A qué huele el desarrollo?

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Hace unos días, en una plática entre amigos, dije algo que provocó risas y miradas incrédulas. Comenté que me gusta cómo huele Estados Unidos. Y sí, lo dije sin ironía. Algunos me tacharon de ridículo. “¿Cómo va a oler diferente si Ciudad Juárez y El Paso están pegados?. Es la misma región, el mismo clima, el mismo desierto. Pero no. No es exactamente lo mismo.

Y quien ha cruzado la línea fronteriza caminando, incluso con los ojos cerrados, sabe que algo cambia. No es un perfume mágico. No es propaganda. Es infraestructura. Es gestión. Es inversión histórica acumulada. Es política pública sostenida por décadas.

Hablemos con datos, no con sentimentalismos.

En términos de calidad del aire, ambas ciudades comparten cuenca atmosférica, pero los reportes históricos de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos muestran que El Paso ha reducido emisiones contaminantes industriales y vehiculares de manera consistente desde los años noventa. Programas de inspección vehicular estrictos, regulación más rígida sobre emisiones industriales y transición acelerada a combustibles más limpios han impactado directamente en los niveles de partículas suspendidas PM2.5 y PM10. Ciudad Juárez ha avanzado, sí, pero con menor capacidad de fiscalización y control sistemático.

Y el olor del aire no es poesía; es química. Las partículas finas, los compuestos orgánicos volátiles y los residuos industriales influyen directamente en cómo percibimos el ambiente. Menos emisiones industriales y mejor tratamiento de residuos se traducen en menos olores persistentes.

Ahora hablemos del agua, que también fue motivo de burla en la conversación. El agua sabe diferente, dije. Risas otra vez.

Pero tampoco es imaginación.

El sistema de agua potable en El Paso está altamente tecnificado. Más del 50 por ciento del suministro proviene de tratamiento avanzado de agua superficial y reutilización indirecta potable. El Paso ha sido pionero en tecnología de desalinización desde 2007 con una de las plantas más grandes del mundo para uso municipal. El tratamiento incluye filtración avanzada, control estricto de minerales y monitoreo continuo.

En Ciudad Juárez, gran parte del suministro proviene del acuífero Bolsón del Hueco, con altos niveles de minerales que provocan mayor dureza en el agua. El agua más dura no es necesariamente insegura, pero sí cambia sabor, textura y sensación al lavarse las manos o al beber directamente de la llave. La percepción sensorial tiene base técnica: concentración de calcio, magnesio y sólidos disueltos totales.

Incluso el manejo de residuos influye en el olor urbano. El Paso ha invertido durante años en rellenos sanitarios con captación de biogás y sistemas de control de lixiviados más estrictos. Juárez ha mejorado, sí, pero enfrenta retos derivados de crecimiento acelerado, parques industriales extensos y limitaciones presupuestales crónicas.

Entonces no, no es ridículo decir que hay una diferencia perceptible. Lo interesante es preguntarnos por qué.

Porque ambas ciudades comparten clima desértico, polvo regional y fenómenos naturales similares. Lo que cambia son décadas acumuladas de inversión en infraestructura, cumplimiento regulatorio y cultura de mantenimiento urbano.

Y aquí es donde la conversación se vuelve incómoda.

No se trata de glorificar a un país ni de descalificar al otro. Se trata de reconocer que el desarrollo se huele. La planeación se percibe. La política pública sostenida tiene textura, tiene sonido y sí, tiene aroma.

Cuando una ciudad invierte consistentemente en tratamiento de aguas, control de emisiones, mantenimiento de vialidades, regulación vehicular y gestión de residuos, el resultado no es solo estadístico; es sensorial. Se respira distinto.

Alguien dijo en esa plática que era puro efecto placebo. Ojalá lo fuera. Pero los números indican otra cosa. Estados Unidos invierte en promedio más de 90 mil millones de dólares anuales en infraestructura hídrica. México, con una población comparable, invierte menos de una cuarta parte proporcionalmente. El mantenimiento continuo es la diferencia entre la percepción de orden y la normalización del deterioro.

No estoy diciendo que un lado sea perfecto ni que el otro esté condenado. Estoy diciendo que cuando cruzamos la frontera y percibimos un cambio, no estamos oliendo superioridad; estamos oliendo política pública.

Y eso incomoda.

Porque aceptar que la diferencia existe implica aceptar que las decisiones importan, que las regulaciones importan, que la supervisión importa y que la constancia importa más que los discursos.

El desarrollo no es abstracto. Es concreto. Es drenaje funcional. Es agua tratada. Es inspección vehicular real. Es inversión constante. Es planeación que dura más que un periodo administrativo. Quizá la próxima vez que alguien diga que no hay diferencia entre Juárez y El Paso, valga la pena cerrar los ojos al cruzar el puente y preguntar qué estamos percibiendo realmente.

Tal vez no sea aroma. Tal vez sea gestión.

Consejo incómodo: Si queremos que nuestras ciudades se respiren mejor, no basta con exigir desde redes sociales. Desde casa podemos comenzar con acciones simples que sí impactan la calidad ambiental: mantener nuestros vehículos en buen estado para reducir emisiones, no quemar basura o hojas, usar filtros o sistemas de purificación cuando sea necesario, revisar fugas y ahorrar agua, separar residuos correctamente para evitar contaminación en rellenos y apoyar políticas públicas que prioricen infraestructura ambiental. El desarrollo también empieza en las decisiones domésticas que repetimos todos los días.

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