Todos sabemos que no todas las personas somos iguales, y definitivamente no todas las maternidades tienen por qué ser iguales y caber en una foto bonita. Y sin embargo, muchas mujeres se están midiendo con una imagen que no cuenta toda la historia.
La maternidad perfecta no inspira, más bien presiona. No acompaña, crea comparaciones. Y no nace de la realidad, sino de imágenes cuidadosamente editadas que consumimos todos los días.
En redes sociales vemos mamás siempre pacientes, con casas ordenadas, cuerpos perfectos, rutinas impecables, hijos sonrientes, que parecen poder con todo sin despeinarse. Lo que casi nunca vemos es lo que queda fuera de cuadro: el cansancio, la ayuda externa, el privilegio, las lágrimas, la duda, el agotamiento emocional.
Desde mi experiencia, he vivido días en los que el amor por mis hijos es inmenso, pero el cansancio también. Días en los que quiero estar presente, pero también necesito silencio. Días en los que trabajo, cuido, organizo, resuelvo… y aun así pienso: Por qué, si lo estoy haciendo lo mejor que puedo, tengo la sensación de que no es suficiente.
Las maternidades perfectas que vemos en redes sociales han dejado grandes consecuencias. Ha llenado a muchas mujeres de culpa, ha normalizado el agotamiento extremo y ha hecho que pedir ayuda se sienta como un fracaso personal.
Muchas madres hoy se sienten solas aunque estén acompañadas. Se sienten juzgadas por las decisiones que toman en sus vidas, por trabajar, o por decidir quedarse en casa. Por poner límites, por cansarse. Por querer crecer profesionalmente, o por necesitar tiempo para sí mismas. Todo porque existe un molde imposible que cumplir.
La maternidad no siempre es bonita, es REAL, es honesta, es nuestra. Tiene días de amor inmenso y días de cansancio. Tiene risas, juegos, felicidad, y también tiene llanto, sacrificios, y a veces tristeza. Y poner este tema en la mesa no nos hace menos madres, nos hace madres más humanas.
Se puede disfrutar la maternidad y aun así desear espacios propios. Mostrar solo la maternidad perfecta no solo afecta a las mamás; también educa a los hijos en una idea irreal de la vida. Les enseña que equivocarse no es opción, que el cansancio se debe ocultar y que el valor que tenemos como persona depende de cumplir expectativas de otros.
Hablar de la maternidad real no es quejarse ni victimizarse, es responsabilidad, es abrir conversaciones que sanan, es permitir que otras mujeres respiren al saber que no están solas, que no son las únicas que se sienten así.
Tal vez la conversación que falta no es cómo ser mejores madres, sino cómo dejar de exigirnos perfección. Cómo construir maternidades más acompañadas, conscientes y con menos culpas. Porque la maternidad real, esa que casi nadie cuenta, no necesita filtros. Necesita verdad, empatía y comunidad.










































