Esta última semana ha estado llena de diversas emociones, así como de variados niveles de intensidad tanto en mi vida, como en la vida de las personas de mi alrededor. Citando a una de mis amigas de menor en edad, pero mayor que yo en sabiduría, anduve “con un ojo llorando y con el otro riendo”.

Cómo ya se han podido percatar, queridos y queridas lectores, este espacio reflexivo se ha estado convirtiendo en mi lugar favorito para compartir, desde la honestidad, el cómo llego a procesar algunas situaciones que ocurren en mi vida, así como en personas que me importan. Tengo 42 años y, a lo largo de mi vida, he aprendido que el dolor es un territorio tan relativo como inevitable. Justo en estos últimos días he visto cómo se manifiesta de maneras distintas en las personas que amo: la muerte de familiares de amigas cercanas, el proceso de separación y divorcio en otros amigos, el que dos amigas estén pasando por tratamientos médicos pesados, o el tener hospitalizados a seres queridos. Cada experiencia me ha mostrado que el dolor no tiene una sola forma ni una sola medida; se adapta a la historia de cada quien, a sus vínculos, a sus miedos y a sus esperanzas.

Cuando una amiga pierde a su madre o a su padre, siento que el mundo se le quiebra en dos. La ausencia se convierte en un vacío que no se llena con palabras ni con abrazos, aunque estos sean necesarios. En cambio, cuando otra amiga atraviesa un divorcio, el dolor se parece más a una mezcla de duelo y liberación: se llora lo que se pierde, pero también se teme lo que vendrá. Y cuando alguien recibe un diagnóstico grave, el dolor se transforma en incertidumbre, en noches largas, en preguntas sin respuesta. Cada situación es distinta, pero todas comparten esa sensación de fragilidad que nos recuerda que la vida puede cambiar en un instante. He estado en hospitales y acompañando a familiares, viendo cómo el tiempo se detiene entre pasillos fríos y luces blancas. Allí el dolor se vuelve espera, se vuelve silencio, se vuelve oración. Y sin embargo, también he visto cómo, en medio de esas circunstancias, surge una fuerza inesperada: la capacidad de sostenernos unos a otros, de encontrar consuelo en la compañía, de descubrir que incluso en la vulnerabilidad hay fuerza; la fortaleza que sólo el poder de la amistad verdadera te puede dar.

Lo que me impresiona es cómo el dolor se relativiza según la perspectiva. Para algunos, perder un trabajo es un golpe devastador; para otros, es apenas un tropiezo en el camino. Para algunos, una separación es el fin del mundo; para otros, es el inicio de una nueva vida. El dolor no se mide en intensidad absoluta, sino en relación con lo que significa para cada persona. Y eso me ha enseñado a ser más empática con las personas, a no juzgar, a no comparar, a simplemente estar presente. Con el tiempo he comprendido que todo pasa. El dolor se queda, sí, porque las cicatrices son parte de nuestra piel y de nuestra memoria. Pero también pasa en el sentido de que se transforma: deja de ser herida abierta y se convierte en recuerdo, en aprendizaje, en una forma distinta de mirar la vida. El dolor es para siempre porque nos cambia, porque nos marca, porque nos recuerda que somos humanos. Pero también es transitorio porque la vida sigue, porque el sol vuelve a salir, porque la risa regresa, aunque sea tímida. Les comparto que cuando estaba pasando por mi proceso de divorcio, una de mis queridas amigas me dijo “te prometo que un día ya no te va a doler, que vas a despertar y hasta te vas a sorprender que ya no sientes la angustia, el miedo y el dolor que hoy estas sintiendo; no te puedo decir en cuánto tiempo pasará, pero créeme que pasa”. Y así fue.

Y así como he sufrido con el dolor de mis amigos, también esta semana he podido compartir con mis seres queridos la alegría de nuevas vidas que vienen en camino, de éxitos laborales, de nuevas oportunidades en el amor y de logros personales que iluminan los días. He estado presente cuando alguien recibe a su hijo en brazos por primera vez, cuando otro celebra un ascenso, cuando alguien se atreve a amar de nuevo después de una ruptura. Esos momentos me recuerdan que la vida no es solo dolor, sino también celebración, esperanza y gratitud.

Al final, creo que la vida es un tejido de contrastes: el dolor y la alegría se entrelazan, se necesitan, se equilibran. No podemos escapar de ninguno, pero sí podemos aprender a abrazarlos. El dolor nos enseña a valorar la compañía, la salud, los pequeños instantes. La alegría nos recuerda que, a pesar de todo, siempre hay motivos para seguir adelante. Porque todo pasa, y aunque el dolor permanezca como huella, la alegría también se abre camino, regalándonos la certeza de que la vida, con todo lo que trae, merece ser vivida. Y para no dejar de lado el tema más hablado de esta semana, como bien dice Benito Antonio Martínez Ocasio, cuyo nombre artístico es Bad Bunny, en su canción Baile inolvidable: “Mientras uno está vivo, uno debe amar lo más que pueda”.

 

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