En esta hermosa mañana lluviosa, con el café en mano, y después de haberles contado la vida azarosa de mi tío bisabuelo, el general Pablo González Moya, todavía me acompaña la sensación que dejan los acontecimientos que marcaron de manera definitiva a nuestro país, como la Revolución Mexicana. Me puse a pensar en cómo habrán vivido aquellos mexicanos y mexicanas después de más de diez años de lucha: la incertidumbre constante, las limitaciones económicas, las incomodidades, los cambios abruptos de rumbo. Reconstruir un país en esas condiciones debió haber sido una tarea titánica.
Pero hay algo que particularmente llama mi atención —quizá porque soy comunicóloga de profesión, maestra de Lengua y Comunicación y Conciencia Histórica y, para completar la receta, poseedora de una pizca de curiosidad insaciable (chisme caliente, dirían en algún rincón del universo de Ibargüengoitia)—: el lenguaje y las transformaciones que experimenta a lo largo de la historia cuando los hablantes lo moldean desde su realidad.
Sabemos que el lenguaje es un ente vivo, en permanente movimiento, que se ajusta a las necesidades de quienes lo usan y refleja, como un espejo, el contexto que se habita. Entonces, después de una época tan convulsa como la Revolución Mexicana —que marcó por igual a civiles, caudillos y adelitas—, la pregunta es inevitable: ¿Qué pasó con el lenguaje?

Todavía hoy cargamos con reminiscencias de aquellos tiempos, a pesar de que han transcurrido más de cien años. ¿Quién no ha dicho o escuchado alguna vez, para referirse a alguien que va con mucha prisa, la expresión “iba hecho la mocha”? Según la tradición oral, durante la Revolución el medio de transporte más rápido era el tren y, cuando había que llevar un mensaje con suma urgencia, se enviaba únicamente la máquina, sin vagones, para que avanzara con mayor velocidad. A ese tren “mutilado”, los mexicanos —siempre ingeniosos— lo llamaban mocho. Ver pasar la locomotora sola era señal de urgencia, y esa imagen terminó por colarse en el habla cotidiana.
Otro término que surgió directamente de aquella realidad fue el verbo carrancear, utilizado como sinónimo de robar. Se decía que las tropas constitucionalistas, al llegar a los pueblos, decomisaban dinero, alimentos y pertenencias bajo el argumento de que el país estaba en guerra. Para una población ya golpeada por la precariedad, ser despojada por quienes representaban al poder fue un agravio difícil de olvidar. De ahí que durante décadas se escuchara la frase: “se carranceó todo lo que pudo”, para aludir a quien roba sin pudor ni escrúpulos.
Los jóvenes de aquella época tampoco quedaron al margen. Como suele suceder, fueron agentes clave del cambio lingüístico. Empezaron a usar el verbo “disparar” como sinónimo de invitar o patrocinar una bebida o comida, muy parecido a lo que hoy hacemos con “pichar”. Así, no era raro escuchar: “¡dispárame un pulque!”. Resulta imposible no pensar en la dureza de la infancia que vivieron esos jóvenes, cuando los disparos dejaron de ser excepción y se volvieron parte del paisaje cotidiano.

Y podríamos agregar una palabra más que sobrevivió al conflicto y al periodo posrevolucionario: “la bola”. En los levantamientos callejeros participaba de todo: campesinos, mujeres, militares y civiles. A este grupo tan diverso se le conocía así porque lo único que tenían en común era estar cansados de la dictadura de Porfirio Díaz. Cuando ocurrían destrozos o saqueos y no había a quién culpar, la gente simplemente decía: “fue la bola”. Con el tiempo, la expresión se quedó en el habla cotidiana y, desde entonces, decir “sepa la bola” equivale a responder “¿yo qué sé?” cuando alguien pregunta quién fue el responsable de algo.

Quizá la Revolución no terminó cuando callaron las armas, sino cuando sus palabras se instalaron en nuestra vida diaria. Ahí permanecen, intactas, enlazando pasado y presente, recordándonos de dónde venimos para entender hacia dónde vamos.










































