En 1984 año del Señor, creo, llegó a mis manos por primera vez “Recuento de poemas” de Jaime Sabines, (1962), Editorial Joaquín Mortiz, después compraría en 1989, “Nuevo Recuento de poemas”; sé querido y desconocido lector, que está sacando cuentas de que tan viejo estoy, lo estoy mucho, desde los años de la preparatoria ya me sentía viejo. Ambas antologías incluyen “Horal” (1950):

 

Lento, amargo animal

que soy, que he sido,

amargo desde el nudo de polvo y agua y viento

que en la primera generación del hombre pedía a Dios.

 

Lea usted un par de veces estos cuatro versos, sabrá porqué me sentía viejo desde entonces. La empatía con Jaime fue inmediata, era yo ese amargo animal, hasta ahora no entiendo la razón, pero iba al libro muchas veces, platicaba de él con el poeta chiapaneco Óscar Wong (1948-2020) y uno de mis primeros poemas, era una aproximación a “Horal”, no lo sabía entonces, no me lo dijo de manera directa el poeta, pero recuerdo vagamente la frase: “nunca nos libramos de la influencia de nuestras lecturas”. Había leído tan poco, “Poemas de la Consumación” (1968) Vicente Aleixandre, editorial Plaza y Janes, “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” del chileno Pablo Neruda, publicado por primera vez en junio de 1924 por la Editorial Nascimento. No encontré entre mis libros ese, así que apelo a mi memoria. Neruda tenia menos de veinte años cuando escribió el poemario, también ello cuando escribí ese, mi primer poema. Deje de escribir muchos años y me dedique a leer lo más que mi bolcillo de estudiante me lo permitió, no fue mucho, en un año no llegue a tener quince libros, tal vez por eso iba muchas veces a ellos, sin saber que la verdadera lectura es la relectura. Querido ignoto lector, un par de años después compré casi por casualidad la primera edición de 1987, de “Albur de amor” del gran Rubén Bonifaz Nuño, editorial FCE; el dialogo que he tenido con el poemario permanece hasta la fecha, aquí un poco de esa charla entre dos desconocidos, como ahora, poema 12, página 31:

Se sabrá de ti porque yo quiero

hoy escribir, y aquí, tu nombre;

es lo de menos que tú existas.

Amachado, me aguanto. Miento.

Te buscaba, y no. Para cumplirte

vengo a llorar, como los hombres,

en donde no haya nadie. Así me quiebro,

porque doblarme nunca pude.

 

Espero desconocido lector, encuentres qué pensaba entonces, yo, en este ejercicio de memoria no logré saberlo. Es mi poema preferido del libro; hoy siento lo mismo que entonces y te lo digo de nuevo, una inexplicable sensación de empatía con Don Rubén, un extraño gusto por la cultura popular llevada a las alturas de un poemario importante en lengua española.

 

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