Me detuve a pensar qué es realmente la esperanza.
Siempre escuchamos que es lo último que se va, pero cada vez estoy más convencida de que, en realidad, es lo último que llega.
Aparece cuando ya tocamos fondo, cuando entendemos que seguir como estamos no es suficiente y que algo, aunque duela, tiene que cambiar.
Porque donde hay esperanza, inevitablemente hay dificultad.
Esperar algo mejor implica reconocer que lo que vivimos hoy no basta, que algo falta, que algo pesa. Y eso incomoda. Mucho.
La juventud no está cansada de soñar, está cansada de fingir que no le duele el proceso.
Hoy se nos exigen sonrisas constantes y resiliencia impecable, pero pocas veces se nos permite estar rotos, confundidos o incluso desesperados. Y sin embargo, esa desesperación (la real, la que nace cuando ya no hay atajos) es muchas veces el punto de quiebre. No como derrota, sino como conciencia.
Es ahí donde entendemos que avanzar no siempre es bonito, que crecer implica atravesar dudas, fracasos y silencios largos.
La esperanza verdadera no nace en la comodidad, sino en la resistencia. En levantarse cuando no hay garantías. En seguir, aun cuando el camino no se ve claro. No es optimismo vacío, es decisión.
Hoy, ser joven y tener esperanza no es ingenuidad, es valentía.
La esperanza no aparece para calmarnos, aparece para obligarnos a movernos cuando quedarnos ya no es opción.










































