En estos días, revisando mi libreta de anotaciones para tener una lluvia de ideas para escribir esta columna, me encontré con esta idea: “Lo que cambia a un equipo de otro, es la capacidad de trabajar juntos”.  Y no solo se refiere a coincidir en un espacio o proyecto, sino a construir en conjunto, con un propósito y con respeto.

La historia de la humanidad nos lo ha demostrado una y otra vez.  Los avances más significativos no han sido producto del esfuerzo aislado de una sola persona, sino del conjunto de ideas, talentos y liderazgos que supieron complementarse. Cuando los planes se hacen en conjunto, los resultados suelen ser más sólidos, a veces más rápidos y generalmente más duraderos.

En México tenemos varios ejemplos, el movimiento de Independencia no fue obra de una sola persona, sino de un grupo con diferentes visiones, Miguel Hidalgo, José MaríaMorelos, Josefa Ortiz de Domínguez, Ignacio Allende, que desde distintos lugares, coincidieron en un objetivo común. Otro ejemplo es la Revolución Mexicana: fue un proceso complejo, con liderazgos muy diferentes y hasta contradictorios, pero que logro grandes transformaciones porque muchas voces se sumaron a una causa colectiva. Definitivamente no eran iguales, pero se complementaban entre ellos.

También podemos ver fuera de nuestras fronteras. El movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos no es solo hablar de Martin Luther King Jr., sino de comunidades enteras organizadas, de personas comunes caminadnos juntas, sosteniéndose unos a otros para exigir dignidad y justicia. Una y otra vez, la historia nos confirma lo mismo: cuando se trabaja en equipo, el impacto se multiplica.

Y Esto mismo se repite hoy en los espacios laborales, tanto en el sector público como en el privado, por ejemplo, Cuando una administración pública logra funcionar como un verdadero equipo, la diferencia se nota en los resultados, en la confianza de la gente y en la forma en que se toman las decisiones. Son equipos que se cuidan, que se impulsan, que entienden que el bien común está por encima del beneficio personal.

Por que cuando la envidia, el ego o el sabotaje se filtran entre los miembros de un equipo; cuando el brillo individual vale más que el logro colectivo; cuando se compite hacia adentro en lugar de sumar hacia afuera, los equipos se debilitan. Pierden rumbo, se fragmentan u los objetivos desaparecen. No importa cuánto talento exista en el grupo, sin una colaboración real, no habrá un avance sostenido.

Michael Jordan, uno de los atletas más grandes de la historia, lo resumió y lo dejo muy claro: “El talento gana partidos, pero el trabajo en equipo y la inteligencia ganan campeonatos”. Una frase que va mucho más allá del deporte y aplica en el trabajo y en nuestra propia vida.

Pero el trabajar en equipo no se queda solo en los grandes movimientos o el ámbito laboral. El Trabajo en equipo o su ausencia, también se refleja en los espacios más cercanos, en grupos pequeños y las relaciones.  

Por dar un ejemplo, en los grupos de mujeres, el trabajo en equipo tiene un valor todavía más importante. Cuando dejamos de vernos como competencia y empezamos a reconocernos como aliadas, algo se transforma. Nos impulsamos, nos acompañamos, nos damos voz y respaldo. Juntas crecemos, sobresalimos y alcanzamos objetivos, que tal vez solas seria más difícil alcanzar.  Tener una tribu, una red que te de confianza y te recuerde quien eres, es vital.

Y si el trabajo en quipo es clave en la sociedad y la comunidad, imaginen en la familia. Cuando un matrimonio entiende que es un equipo, en la crianza, el día a día, la toma de decisiones y el crecimiento personal y de pareja, todo va fluir de una mejor manera. Y no es porque no existan diferencias, sino porque hay respaldo, corresponsabilidad y un compromiso compartido.

Respaldar a alguien, alegrarte genuinamente por el brillo de otros, reconocer el éxito ajeno, no te resta, te suma, y es una de las señales más grandes de crecimiento personal. Y casi siempre, ese crecimiento individual termina generando un crecimiento colectivo.

Tal vez esta sea una de esas conversaciones que faltan: entender que los equipos fuertes, no se construyen desde el ego y la competencia, sino colaborando y teniendo un propósito común. Por que cuando aprendemos a trabajar juntos, no solo llegamos más lejos: llegamos mejor.

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