Esa tarde me encontraba muy tranquilo en mi despacho, en ese lugar que yo creo desconocido de conocido centro histórico, en el estado de Chihuahua, donde pensaba que nadie me visitaría en esos días de fuerte invierno.

Me sentía algo, más bien un poco nostálgico, escuchando “La Sinfonía fantástica” de Hector Berlioz (1830), recordando la bella historia de amor que movió a Berlioz a componerla, enamorado de Harriet Smithson, a quien conoció mientras interpretaba la Ofelia de Hamlet (alrededor de 1600), y que después fuera su esposa; la historia me la contó a finales de los ochentas el célebre cronista, critico, dramaturgo, narrador y musicólogo, José Antonio Alcaraz (1938-2001). Para no entrar en más nostalgias, y como había contado antes por las tardes no tengo secretaria. Llamaron a la puerta, solté un golpe de aire, pausé mi viejo tocadiscos, me encontraba escuchando el tercer movimiento, la interrupción fue molesta, detuve todo, pensamientos también, alejé la copa de vino tinto, caminé desde el fondo de la oficina, al abrir la puerta principal, un hombre, algo rollizo, con una alegría sorprendente de verme me dijo, buenas tardes (eran las siete, debería de haber dicho noches, en fin, ya me daba lo mismo), soy el hijo de un conocido amigo, (a quien por supuesto no recordaba), también me daba lo mismo, por cortesía mas que por gusto lo invité a pasar, este hombre algo desalineado, con traje oscuro, una vieja bufanda, barba poco poblada, seguía presumiendo de la amistad de su difunto padre conmigo, que me buscaba porque quería publicar un libro de poemas y su padre claro le dijo que yo lo ayudaría apelando a la amistad entre nosotros. Para mi buena fortuna no traía el libro, pero si traía muchas ganas de platicar, ya sentados en mi pequeña sala, de mi hasta ahora (pienso) desconocido despacho, puse la portada hacia bajo del libro que pensaba leer al terminar de escuchar la sinfonía, La escuela de Wallance Stevens (2011), de Harold Bloom, editorial Vaso Roto, particularmente “En la aldea de los pescadores” de Elizabeth Bishop, pagina 109.

Este hombre de barba poco poblada, que en los primeros veinte minutos me habló de todos sus talentos, de sus tres divorcios, de sus enormes habilidades políticas, de sus amistades, todas influyentes, claro ninguna con mi “expertise”,  y con mucha emoción de su última conquista en el trabajo, en conocida dependencia publica de nuestra de nuestro frágil sistema judicial, con un entusiasmo impresionante me decía, por esa rubia despampanante y poco agraciada intelectualmente, iría por el cuarto divorcio, que valía volver a empezar a sus casi cincuenta años. Abrumado por tan dinámica vida, intenté decir mi quinta o sexta frase, cuando de golpe, se quedó en silencio, luego en voz baja me dijo, pero esto nadie puede saberlo, se lo cuento porque era amigo de mi padre y sé que de estas paredes no saldrá. Tomé aire, todo el que pude, le contesté no te preocupes, nadie lo sabrá. Ambos suspiramos un poco aliviados, él porque al fin pudo contar su enorme secreto, yo porque había terminado su abrumadora charla. Hicimos cita para el próximo mes y se marchó como llego con una mochila al hombro y un extraño olor a pan dulce, entonces recordé a su padre, también que nunca fuimos amigos. Después de acompañarlo a la puerta, esperar a que se alejara lo suficiente para estar seguro que no se regresaría con algún pretexto, cerré la puerta, me sentí triunfante en su partida, cancelé La Sinfonía Fantástica, tomé el enorme libro blanco con títulos en negro y rojo en la portada, terminó de leer a Bishop, y por mera casualidad en la pagina 713, un poema hermoso de Anne Carson, “El viejo suéter azul de papá”:

 

Hoy cuelga del respaldo de la silla de la cocina

donde siempre me siento, cuelga

del mismo respaldo y de la misma silla donde solía sentarse.

 

 

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