El nuevo impulso de consumo ya no viene de un aparador ni de una tienda física. Viene del celular. De un video de quince segundos, de una oferta que “solo dura hoy”, de un influencer que jura que ese objeto barato te va a cambiar la vida. TikTok Shop, Temu y plataformas similares no venden productos: venden urgencia. Y la urgencia, cuando se mezcla con precios ridículamente bajos y compras impulsivas, suele dejarle al planeta la factura.
Nunca habíamos comprado tanto, tan rápido y con tan poca reflexión. El ciclo es perfecto para el algoritmo y bastante cruel para el entorno: ver, desear, comprar, recibir, aburrirse y tirar. Cada paso deja huella. El comercio electrónico ya genera una porción importante de las emisiones relacionadas con la logística urbana. Un solo envío exprés puede producir entre uno y tres kilogramos de dióxido de carbono. Dicho de manera más cotidiana, eso equivale a manejar varios kilómetros en automóvil o a consumir la energía de un electrodoméstico durante días. Y así, sin darnos cuenta, cada paquetito borra en semanas el trabajo que a la naturaleza le tomó años construir.
Lo inquietante no es solo el impacto, sino cómo se normaliza. Ya no hablamos de consumo, hablamos de haul, esa práctica tan popular en redes donde se presume la acumulación de compras recientes, casi siempre hechas por impulso y a muy bajo costo. Ya no preguntamos si lo necesitamos, sino si “conviene por el precio”. Y cuando algo cuesta menos que un café, la culpa parece evaporarse. El problema es que la culpa desaparece, pero la contaminación no.
Muchos de estos productos ultra baratos tienen una vida útil ridículamente corta. Algunos ni siquiera sobreviven a la emoción del unboxing. Fabricarlos, transportarlos y desecharlos implica emisiones y residuos que, puestos en palabras simples, equivalen a recorrer decenas de kilómetros sin ir a ningún lado. Energía gastada para objetos que terminan olvidados en un cajón o convertidos en basura en cuestión de meses.
Las tendencias globales muestran que este tipo de comercio se ha convertido en una fábrica de residuos difíciles de manejar. Textiles sintéticos que liberan microplásticos desde el primer lavado, aparatos electrónicos pequeños imposibles de reciclar, decoración pensada para durar lo mismo que la tendencia. A eso se suma el embalaje. Cajas, bolsas y rellenos plásticos en cantidades industriales para envolver productos que no estaban pensados para quedarse. Toda esa energía y material podrían tener usos mucho más dignos que terminar enterrados o dispersos en el ambiente.
Y aquí aparece la gran paradoja. Estas plataformas se presentan como la democratización del consumo, cuando en realidad lo que están democratizando es la basura. Porque estos productos no están diseñados para una economía circular ni para repararse. Están diseñados para ser reemplazados. Comprar de nuevo siempre será más fácil que arreglar, aunque el planeta no tenga la misma facilidad para absorber el daño.
No se trata de señalar una app como villana oficial. El problema es la lógica que celebramos. La idea de tener más aunque dure menos. De justificar el exceso porque fue barato. El planeta no mide ofertas ni descuentos, mide impactos acumulados. Y esos impactos, clic tras clic, se van quedando con nosotros.
También hay un componente social incómodo. Este consumo acelerado se vuelve aspiracional, se vuelve identidad, se vuelve contenido. Se enseña a comprar, pero no a cuestionar. A mostrar lo nuevo, pero no a pensar en lo que queda atrás. Mientras tanto, los sistemas de manejo de residuos apenas alcanzan a reaccionar ante la avalancha de desechos que este modelo produce.
Hablar de sostenibilidad, entonces, ya no puede quedarse en separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Necesitamos preguntarnos qué compramos, por qué lo compramos y a qué modelo estamos apoyando con cada clic. Cada compra es una decisión política, ambiental y social, aunque se haga desde el sillón y con envío gratis.
No se trata de culpar ni de moralizar. Se trata de recuperar algo que el algoritmo intenta arrebatarnos: la pausa. Pensar antes de comprar. Dudar un poco antes de dar clic. Recordar que no todo lo barato sale barato y que no todo lo que se vuelve tendencia merece espacio en nuestra casa… ni en el planeta.
Porque el algoritmo no recicla. No repara. No se hace responsable de lo que deja. Solo sigue empujando a comprar.
Consejo incómodo: antes de comprar, espera. Revisa si ya tienes algo similar. Pregunta si durará, si se puede reparar, si lo volverás a usar en seis meses. Apoya el comercio local cuando puedas, intercambia, reutiliza, compra menos y mejor. El consumo responsable no es austeridad forzada, es inteligencia ambiental. Y sí, cerrar la app también cuenta como acción.
Juntos Todos por un consumo que nos deje más tranquilidad que basura y más futuro que prisa.
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