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Septuagésima primera entrega: ¿Qué tan sostenible es morirse?

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Pasamos buena parte de la vida escuchando que debemos reducir nuestra huella ecológica. Cerrar la llave mientras nos lavamos los dientes, llevar termo, usar menos plástico, separar residuos, consumir local, apagar la luz y quizá sentir un poquito de culpa cada vez que pedimos algo por internet que llega dentro de una caja, otra caja y suficiente plástico como para protegerlo de una caída desde la Estación Espacial. Pero hay una pregunta que casi nunca aparece en las campañas ambientales y que, aprovechando que acabamos de celebrar Día de Muertos, me parece bastante apropiada. Después de pasar toda una vida intentando contaminar menos… ¿qué tan sostenible es morirse?

Porque morir es completamente natural. Lo que hemos construido alrededor de la muerte no necesariamente lo es. Ataúdes de madera tratada, metal, barnices, telas sintéticas, concreto, embalsamamiento, flores transportadas cientos de kilómetros, coronas con plástico y espuma floral, veladoras, vehículos, mantenimiento de cementerios, riego y posteriormente años ocupando un pedacito de suelo. Hasta para descansar en paz aparentemente necesitamos logística, infraestructura y una cadena de suministro. Uno pasa ochenta años intentando reducir su huella y al final puede terminar dentro de una caja barnizada, rodeado de flores envueltas en celofán y con veinte carros siguiéndolo hasta el panteón. La sustentabilidad también tiene sentido del humor negro.

La cremación suele parecernos automáticamente la alternativa ecológica porque no ocupa una tumba durante décadas, pero tampoco desaparecemos mágicamente utilizando energía limpia del universo. Los crematorios necesitan temperaturas altísimas durante varias horas y generalmente utilizan combustibles fósiles, por lo que también generan emisiones de dióxido de carbono y otros contaminantes. El entierro convencional, por otro lado, puede involucrar madera, metales, concreto y productos químicos utilizados para conservar temporalmente un cuerpo que, biológicamente hablando, está haciendo exactamente lo que todos los organismos hacemos cuando termina nuestro ciclo. Descomponerse. Nosotros somos quienes aparentemente decidimos que hasta la descomposición debía verse presentable.

Y antes de que alguien piense que estoy proponiendo dejar a la abuela debajo del mezquite del patio, obviamente existen razones sanitarias, culturales, religiosas y legales alrededor de los servicios funerarios. Tampoco todas las cremaciones ni todos los entierros tienen exactamente el mismo impacto. Lo interesante es que en distintos países ha crecido el concepto de entierro natural o entierro verde, que busca permitir que el cuerpo regrese al suelo reduciendo materiales innecesarios, evitando embalsamamientos cuando es posible y utilizando féretros o envolturas biodegradables. Incluso existen alternativas mucho más recientes como la reducción orgánica natural, conocida popularmente como compostaje humano, donde microorganismos transforman el cuerpo en material similar al suelo. Sí, llegamos al punto en que hasta después de morir podemos convertirnos en composta. El círculo de la vida, pero con permiso sanitario.

Y quizá suene extraño únicamente porque durante mucho tiempo nos esforzamos muchísimo en separarnos de la naturaleza. Para muchos pueblos originarios la muerte nunca estuvo completamente desconectada de los ciclos naturales. Nacer, alimentarse, morir y regresar a la tierra formaban parte de una misma relación con el territorio. Nosotros, en cambio, somos capaces de hablar todo el año sobre economía circular y cuando nos toca cerrar nuestro propio ciclo preferimos hacerlo rodeados de materiales que tardarán muchísimo más en desaparecer que nosotros.

Pero la huella ambiental de la muerte tampoco termina con el funeral. Cada Día de Muertos nuestros panteones se llenan de flores, comida, veladoras y familias que regresan a visitar a quienes ya no están, una tradición que personalmente me parece de las cosas más hermosas que tiene México. El problema empieza cuando confundimos recordar con comprar. Flores artificiales, coronas de plástico, unicel, botellas, envolturas, globos, adornos de un solo uso y una cantidad considerable de residuos terminan acompañando a personas que probablemente nunca pidieron que honráramos su memoria dejando plástico durante los próximos siglos.

Nada dice amor eterno como una flor sintética que probablemente también será eterna.

El cempasúchil, en cambio, tiene algo maravilloso. Nace, florece, nos acompaña durante unos días y después puede regresar al suelo. Ya existen ciudades que recolectan las flores utilizadas en Día de Muertos para convertirlas en composta, abono, tintes y otros productos. Eso sí es cerrar un ciclo. También podemos utilizar papel picado varias veces, evitar espuma floral y adornos plásticos, comprar flores producidas localmente y preparar el altar con cosas que realmente tenían significado para quien recordamos. Porque una fotografía, una comida preparada en casa y una historia contada entre la familia probablemente dicen muchísimo más que una corona de plástico fabricada en otro continente.

Y aquí hay otra contradicción que me encanta. Nos da miedo que nuestro cuerpo vuelva a la tierra, pero no nos preocupa demasiado que nuestros residuos permanezcan en ella. Queremos preservar un cuerpo que naturalmente desaparecería mientras fabricamos objetos diseñados para sobrevivirnos. El cadáver biodegradable somos nosotros. El problema muchas veces viene en el empaque.

Tampoco creo que debamos convertir la muerte en otra oportunidad para sentir culpa ambiental. Bastante tenemos con morir como para que además alguien llegue a reclamarnos la huella de carbono del funeral. Se trata más bien de incorporar otra pregunta a una conversación que tarde o temprano todos tendremos. ¿Cómo quiero despedirme? ¿Necesito realmente todo aquello que tradicionalmente asociamos con un funeral? ¿Podemos conservar nuestras costumbres reduciendo residuos? ¿Podrían los cementerios convertirse también en espacios verdes con vegetación nativa, sombra, biodiversidad y menos superficies impermeables? Incluso la muerte puede obligarnos a replantear cómo ocupamos el territorio.

Y quizá Día de Muertos sea precisamente la mejor fecha para hablarlo porque nuestra tradición nunca ha entendido la muerte únicamente como ausencia. La convertimos en flores, comida, música, recuerdos y colores. Nuestros muertos regresan simbólicamente a casa y nosotros les ponemos aquello que disfrutaron cuando estaban aquí. No necesitamos convertir esa celebración en otra temporada de consumo desechable para demostrar cuánto los quisimos.

Consejo incómodo: el próximo Día de Muertos revisa tu altar y lo que llevas al panteón. Utiliza flores naturales de productores locales cuando sea posible, evita unicel, globos y flores artificiales, reutiliza decoraciones y composta el cempasúchil después de la celebración. Y quizá también valga la pena tener alguna vez esa conversación rara con la familia sobre cómo queremos que nos despidan. Hablar de la muerte no la llama, pero puede evitar que cuando llegue alguien termine comprándonos tres metros cuadrados de plástico por no saber qué queríamos.

Al final, quizá la muerte más sostenible no sea la que invente el proceso tecnológico más sofisticado, sino aquella que acepte algo que pasamos toda nuestra existencia intentando olvidar. Nunca estuvimos separados de la naturaleza. Somos agua, carbono, minerales y materia orgánica prestados durante unas cuantas décadas.

Así que cuando me toque, por favor recuérdenme mucho… pero no me compren flores de plástico. Ya bastante trabajo le habré dejado al planeta mientras estaba vivo.

Juntos Todos por un planeta donde hasta nuestro último adiós pueda dejar más recuerdos que residuos. 💀🌼🌎

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