Hay problemas ambientales que tardan años en hacerse visibles y otros que literalmente salen por la llave. En Guadalajara ocurrió lo segundo. Durante meses, habitantes de distintas colonias de la Zona Metropolitana comenzaron a denunciar agua amarillenta, café, negra, con sedimentos y olores que difícilmente combinan con la palabra potable. Y cuando una familia llega al punto de llenar una botella con el agua que recibe en casa para llevarla a una manifestación como prueba, ya no estamos hablando de una pequeña falla en el servicio. Estamos hablando de algo mucho más elemental. Abrir la llave y no saber si aquello que sale puede utilizarse para cocinar, bañarse o lavarle los dientes a un niño.
El domingo 11 de octubre alrededor de 10 mil personassalieron a las calles bajo una consigna que no debería ser radical en ningún país, exigir agua limpia. Familias, estudiantes, organizaciones y vecinos caminaron desde La Minerva hasta Casa Jalisco con botellas que mostraban el líquido que reciben en sus hogares. Pedían soluciones, información clara, responsabilidad institucional y, entre otras exigencias, que se reconociera el posible riesgo sanitario. La protesta terminó con enfrentamientos, 39 personas detenidas y decenas de lesionados. Días después, el propio gobernador Pablo Lemus reconoció que hubo uso excesivo de la fuerza y detenciones injustas. La ironía fue casi demasiado perfecta para una columna como esta. Ciudadanos salieron a exigir agua limpia y terminaron recibiendo chorros de agua de la policía. México a veces escribe la sátira solo.
Pero detrás de las imágenes de la marcha existe un problema mucho menos fotogénico. Guadalajara arrastra infraestructura envejecida, sistemas de conducción antiguos, mantenimiento insuficiente y fuentes cuya calidad se ha deteriorado. La planta potabilizadora de Miravalle comenzó a operar en la década de 1950 y hoy enfrenta condiciones para las que evidentemente no fue diseñada. Uno de los puntos críticos ha sido el sistema asociado a Las Pintas, donde la contaminación terminó haciendo insostenible continuar enviando ese caudal a la red como se venía haciendo. Durante años las tuberías envejecen silenciosamente. No cortan listones, no aparecen en espectaculares y cambiar kilómetros de conducción enterrada difícilmente gana una elección. Hasta que un día el agua sale negra y descubrimos que lo que no se ve también necesitaba presupuesto.
La solución inmediata será dolorosa. A partir de mañana, 15 de octubre, el SIAPA comenzará un esquema de rotación del suministro que afectará a 627 colonias, alrededor de 2.3 millones de personas, y permanecerá inicialmente hasta marzo de 2027. Habrá días de baja presión e interrupciones mientras se realizan trabajos de limpieza, mantenimiento y modernización. Dicho de manera muy simple, para dejar de mandar agua de mala calidad tendrán que mandar menos agua durante varios meses. Entre agua sucia y no tener agua ciertos días, una ciudad de millones de habitantes terminó escogiendo la opción menos mala.
Y aquí aparece una parte de la historia que me incomoda bastante.
Cuando empiezan los tandeos, inmediatamente regresan las recomendaciones de siempre. Guarda agua. No riegues. Báñate rápido. Reutiliza. Compra un tinaco. Contrata una pipa si puedes.
Si puedes.
Porque las crisis hídricas tampoco se reparten parejo.
Una familia con cisterna de diez mil litros, bomba, filtros y posibilidad de comprar pipas puede sobrellevar varios días de interrupciones. Otra familia con dos tambos en el patio no tiene exactamente la misma capacidad de adaptación. Lo mismo ocurre entre empresas. Sería incorrecto decir que los tandeos no afectarán al sector productivo. Las micro y pequeñas empresas que dependen de la red sí enfrentarán costos y problemas operativos. Pero representantes industriales de Jalisco han reconocido algo particularmente interesante. Muchas industrias grandes obtienen buena parte de su agua mediante pozos propios, y para ellas el problema inmediato puede convertirse principalmente en costos adicionales de tratamiento, almacenamiento o pipas. Qué curioso. Cuando la llave de una colonia deja de funcionar hablamos de sacrificio ciudadano. Cuando existe infraestructura privada, hablamos de continuidad operativa.
Y antes de que alguien interprete esto como industria mala, ciudadano bueno, no va por ahí. Las empresas generan empleos, producen bienes y también necesitan agua. El problema ambiental aparece cuando una crisis obliga a preguntarnos si todos estamos realmente dependiendo del mismo sistema y soportando proporcionalmente la misma escasez. Porque pedirle a una familia que reduzca su consumo mientras otros usuarios cuentan con concesiones, pozos, cisternas y capacidad económica para comprar agua simplemente revela algo que ya discutimos cuando hablamos de justicia climática. El recurso puede ser el mismo. La vulnerabilidad no.
Y esta película ya la vimos.
En 2022 Monterrey atravesó una de las crisis hídricas urbanas más duras de la historia reciente del país. Las presas La Boca y Cerro Prieto llegaron a niveles críticos, millones de habitantes enfrentaron cortes, baja presión y horarios restringidos, aparecieron filas para conseguir agua y el gobierno pedía desesperadamente reducir el consumo doméstico. Las imágenes de personas llenando cubetas y garrafones parecían imposibles para una de las ciudades económicamente más poderosas de México. La sequía fue real, el crecimiento urbano también tuvo mucho que ver y la infraestructura quedó rebasada. Pero en medio de la crisis surgió una pregunta inevitable. ¿Y la industria?
Resultó que una parte importante de los grandes usuarios industriales no dependía directamente del agua que llegaba por la red doméstica. Contaban con concesiones federales y fuentes propias. La situación llegó al punto de que el Gobierno Federal tuvo que exhortar a industriales y agricultores a ceder temporalmente parte de sus volúmenes concesionados para abastecer a la población. Finalmente se firmaron 77 convenios con empresas industriales que permitieron transferir temporalmente más de 13 millones de metros cúbicos a Agua y Drenaje de Monterrey. Algunas empresas colaboraron y cedieron volúmenes, lo cual también hay que reconocer. Pero el simple hecho de que durante una emergencia el gobierno tenga que pedir agua a usuarios privados mientras las casas permanecen sin ella debería obligarnos a revisar cómo distribuimos un recurso que constitucionalmente consideramos un derecho humano.
Guadalajara y Monterrey no viven exactamente la misma crisis. En Nuevo León el detonante principal fue una sequía extrema combinada con crecimiento urbano y fuentes agotadas. En Guadalajara el problema actual está relacionado sobre todo con calidad del agua, contaminación, infraestructura envejecida y años de mantenimiento insuficiente. Pero las dos historias terminan encontrándose en el mismo punto. Podemos construir ciudades enormes, atraer inversiones, inaugurar desarrollos, aumentar población y presumir crecimiento económico, pero si la infraestructura hídrica no crece al mismo ritmo, algún día la realidad sale por la llave.
Y ahí deberían empezar las preguntas incómodas.
¿Cuánta gente puede seguir creciendo una ciudad con las fuentes que tiene? ¿Cuánta agua estamos concesionando? ¿Cuánto se pierde en fugas? ¿Quién extrae de pozos propios? ¿En qué estado están los acuíferos? ¿Por qué esperamos a que una presa esté vacía o a que el agua llegue café para considerar urgente renovar infraestructura? ¿Y por qué cuando llega la crisis la primera recomendación siempre parece ser que el ciudadano cierre un poquito más la llave?
Cuidar el agua en casa sigue siendo indispensable. No estoy defendiendo lavar la banqueta con manguera porque una fábrica también consume. Esa lógica de “como el otro gasta más, yo hago lo que quiero” es exactamente el camino hacia quedarnos todos sin nada. Pero la responsabilidad individual tampoco puede utilizarse para esconder decisiones estructurales. Una ducha de cinco minutos no sustituye mantenimiento de acueductos, tratamiento adecuado, vigilancia de descargas, medición de pozos, ordenamiento urbano ni revisión transparente de concesiones.
El agua es demasiado importante para administrarla únicamente cuando comienza a faltar.
Quizá la gran lección que Guadalajara debería dejarnos al resto del país es precisamente esa. Una crisis hídrica no empieza el día que la gente sale a marchar. Empieza años antes, cuando normalizamos pequeñas fallas, posponemos mantenimiento, permitimos contaminación, crecemos sin planeación y suponemos que siempre podremos abrir otra fuente cuando la anterior deje de alcanzar.
Después llegan los tandeos.
Después llegan las pipas.
Después llegan las protestas.
Y entonces todos descubrimos que el agua era un tema urgente.
Consejo incómodo: averigua de dónde viene el agua que llega a tu casa. No solamente qué organismo te la cobra, sino qué presa, río o acuífero la abastece. Revisa si esa fuente tiene problemas de disponibilidad o contaminación y pregunta también qué industrias, agricultura y ciudades dependen de ella. Entender nuestra agua antes de que falte es mucho más útil que aprender a hacerlo cuando ya estamos llenando cubetas.
Monterrey nos enseñó que una ciudad rica también puede quedarse sin agua. Guadalajara nos está recordando que tener agua tampoco sirve de mucho si no puedes confiar en lo que sale de la llave.
La próxima crisis hídrica mexicana probablemente ya comenzó en algún lugar. Solo que todavía no sale café, huele mal ni obliga a nadie a marchar.
Juntos Todos por un planeta donde el agua limpia deje de ser un privilegio determinado por el código postal, el tamaño de la cisterna o la capacidad de perforar un pozo.🌎💧
Sígueme en mis redes sociales:













































