Una de esas noches “scrolleando” en TikTok me apareció un video de Rocío Gómez Turner (creadora de contenido de Monterrey) en el que compartía una analogía de cómo muchas personas abaratamos nuestro valor personal para asegurar la permanencia de alguien en nuestra vida. Y no solamente en el ámbito de la pareja.
Su reflexión me llamó la atención y, debo admitirlo, me cayó el saco. De inmediato llegaron algunos flashbacks de momentos en los que bajé mis estándares en amistades, trabajos, proyectos, metas y parejas, con tal de no perderlos. Recordé también las explicaciones que me daba para convencerme de que estaba haciendo lo correcto. Y debo confesar, queridos lectores, que también me llegué a sentir orgullosa de la seguridad que tengo de mi valor como mujer y ser humano, gracias al paso de los años (y a uno que otro golpe de la vida).
“Hay que ser comprensiva”. “Nadie es perfecto”. “Algo es mejor que nada”. “Después las cosas van a cambiar”. “Es lo que hay”. “Ya te estás acercando a lo que quieres”. Cuántas veces esas frases nos ayudan a quedarnos sin tener que reconocer el miedo que nos provoca irnos.
Mis recuerdos me llevaron de inmediato a mi adolescencia, época de la cual aún conservo amistades entrañables. Sin embargo, en algunas ocasiones llegué a salir con chavos y chavas con quienes no tenía afinidad, pero con tal de andar en el borlote o hacer planes, quería encajar a fuerzas. Llegándome a sentir incómoda o fuera de lugar, y creo que ellos también notaban que yo no pertenecía ahí.
En relaciones interpersonales pocas veces nos abaratamos de golpe: generalmente empezamos haciendo una pequeña concesión, callamos algo que nos incomoda, aceptamos una condición que no nos parece justa o dejamos para después una conversación necesaria. Luego hacemos otra concesión. Cuando volteamos a vernos, sentimos que no podemos más; que estamos como una olla de presión, sin válvula, a punto de estallar. Llevamos tanto tiempo acomodándonos que ya no sabemos dónde nos gusta estar, cómo queremos estar o, incluso, dónde quedaron nuestras propias necesidades.
Laboralmente me pasó hace algunos años cuando trabajé en la iniciativa privada, en una maquiladora donde me contrataron por saber inglés. Yo, una comunicóloga, extrovertida, platicadora e inquieta, laborando en una oficina con ingenieros, procesos de producción, rutinas y mucho silencio. En ese entonces estaba aún definiendo hacia qué rumbo quería desarrollarme profesionalmente y acepté el trabajo por ser estable y tener mayores prestaciones. Tenía pocos meses de haber empezado a impartir clases en escuelas particulares, ya tenía fecha para mi boda y me pareció muy buena oportunidad. Pero sólo duré ocho meses tratando de encajar en un mundo que no era mío. “Zapatero a tus zapatos”, bien dice el dicho popular. A los dos meses de haber renunciado llegué al CECATI y muchos de ustedes ya se saben mi historia.
Y en el amor también sucede. Cuando nos acostumbramos a recibir menos atención de la que necesitamos y hasta aprendemos a pedirla con disculpas. Cuando medimos nuestras palabras para no parecer intensas. Cuando agradecemos cualquier gesto con una emoción que también revela cuánto tiempo llevábamos esperándolo. Cuando no pedimos algo para no incomodar. Cuando siempre somos las que cedemos porque aprendimos que quien ama, renuncia a sí mismo.
Pero ojo aquí, estimados lectores. Nuestro valor como personas no disminuye porque alguien no sepa reconocernos, ni porque hayamos aceptado una relación desigual. No somos productos con una etiqueta que otros puedan modificar. Lo que a veces reducimos es lo que nos permitimos pedir y lo que creemos merecer. Todavía hace unas semanas tuve una batalla con esa parte de mí que quiere resolverlo todo sola: finalmente me permití pedirle algo a alguien sin culpa. Y mi amiga Mariela es testigo de cuánto me costó.
Reconocerlo no tendría que convertirse en otra razón para castigarnos o sentirnos mal. Habrá decisiones que tomamos desde la soledad, la necesidad económica, el desconocimiento de uno mismo o el deseo de pertenecer. Mirar hacia atrás con honestidad implica reconocer esas circunstancias y entender que hicimos lo que pudimos con las herramientas que teníamos, y según la madurez de la edad que teníamos. Hoy, quizás, vemos la vida con los ojos de una conciencia más desarrollada y podemos desarrollar nuevas herramientas, con calma.
A mis cuarenta y tres años sigo aprendiendo a escucharme. He descubierto que puedo comprender las circunstancias de alguien y, aun así, reconocer que lo que me ofrece no me alcanza. Que puedo agradecer una oportunidad y preguntar si sus condiciones me convienen. Que puedo querer mucho a una persona sin hacerme responsable de sostener, yo sola, el vínculo. Y claro que he tenido mis tropiezos, unos más divertidos que otros; unos que me han costado mucho soltar, pero que son vivencias que, definitivamente, me hacen ser la mujer que hoy en día me siento orgullosa de ser.
Decidir conscientemente cuál es mi valor me ha llevado a poner fin a varias relaciones de amistad, de pareja, laborales, mercantiles y sociales, con el único fin de vivir en paz y con tranquilidad. ¿Se han preguntado, queridos lectores, si esto que están aceptando les permite estar en paz con ustedes mismos? Escuchar la respuesta requiere valor, especialmente cuando implica poner un límite y arriesgarnos a que alguien se aleje. También requiere paciencia para sostenerlo después, cuando aparezca la tentación de volver a negociar lo que ya sabíamos que nos dolía.
Pienso en la mujer que fui y quisiera abrazarla. Decirle que entiendo sus razones, pero que ya puede dejar de esforzarse tanto para merecer un lugar y que deje de forzar conversaciones o encuentros con personas que no quieren estar. Pienso también en la mujer que soy y en todo lo que todavía necesita aprender. Esta vez quiero hacerlo sin abandonarme en el camino.
Porque de todas las cosas que tuve miedo de perder, la más valiosa era yo. Y aun así, demasiadas veces fui la primera a la que dejé ir.



