Esta mañana, mientras tomaba mi café y volvía a leer sobre el asesinato de Álvaro Obregón, me quedé pensando en lo poco que sabemos de una vida cuando solo la miramos desde la política. Obregón nunca ha sido uno de mis personajes históricos favoritos. Admiro su capacidad como estratega, pero me cuesta pasar por alto su empeño en regresar a la Presidencia. Tenía 48 años cuando lo asesinaron, el 17 de julio de 1928. Había ganado las elecciones apenas unas semanas antes y ese día asistía a una comida en su honor, en el restaurante La Bombilla de San Ángel. Al leer lo que ocurrió allí, mi opinión sobre él no cambia; lo que cambia es la distancia desde la que lo miro.

Entre los invitados se encontraba José de León Toral, un joven de 26 años que llevaba una libreta y hacía caricaturas. Dibujó a Obregón y a otros asistentes hasta encontrar la oportunidad de acercarse a la mesa principal. Le mostró sus bocetos al general y, mientras este los observaba, sacó una pistola y le disparó seis veces, casi a quemarropa. Eran alrededor de las dos veinte de la tarde. Cuesta imaginar cómo reaccionaron quienes estaban a su lado: un momento antes compartían la mesa y al siguiente trataban de sujetar a Toral y de auxiliar a Obregón. La comida había terminado de la forma más violenta posible.

Toral no llegó allí por casualidad. Había seguido los movimientos de Obregón y llevaba tiempo pensando en matarlo. Pertenecía a un grupo católico que se oponía al gobierno en medio del conflicto religioso de aquellos años; veía en Obregón a un enemigo de la Iglesia. Saberlo ayuda a comprender qué ideas lo llevaron hasta La Bombilla, pero también me hace pensar en su vida fuera de esa causa. Toral era maestro de dibujo, estaba casado con Paz Martín del Campo y tenía dos hijos. Días antes del asesinato se despidió de ellos con el pretexto de hacer un viaje. Su esposa le había pedido que aprovechara esos días para estar en casa, porque sentía que últimamente había dedicado muy poco tiempo a la familia. Él se marchó sabiendo lo que planeaba hacer. Es uno de los detalles que más me han inquietado de esta historia.
También me detuve en la figura de Concepción Acevedo de la Llata, la Madre Conchita. Fue juzgada junto con Toral y condenada a veinte años de prisión por su responsabilidad en el asesinato. La presencia de una religiosa en un proceso por magnicidio causa asombro, y es fácil llenar los vacíos con suposiciones. Sin embargo, el alcance exacto de su influencia sobre Toral continúa siendo discutido. Como maestra de Conciencia Histórica, creo que ahí tenemos una obligación: contar lo que ocurrió y distinguirlo de aquello que todavía se debate. La historia ya es bastante estremecedora sin atribuirle a nadie palabras o decisiones que no podamos comprobar.
Cuando el cuerpo de Obregón fue llevado a su domicilio, había una multitud afuera. Una crónica recoge que Valentina, una trabajadora de la casa, gritó al verlo llegar sin vida y se desmayó. No he encontrado un relato igual de preciso sobre el momento en que su esposa e hijos recibieron la noticia, pero sí sabemos quiénes tuvieron que seguir viviendo después de aquel día. A Obregón le sobrevivieron María Tapia y nueve hijos: Humberto y Refugio, de su primer matrimonio con Refugio Urrea, y Álvaro, Mayo, Alba, Francisco, María Xóchitl, Cenobia y Ariel, de su matrimonio con María. Su primer hijo con ella, Álvaro, todavía era un niño. Pienso en él y en sus hermanos cada vez que encuentro la expresión «crisis sucesoria», porque aquella muerte abrió una crisis para México y también dejó a una familia sin padre.

La vida de María Tapia no se detuvo con el funeral. Años después tuvo que intervenir en los asuntos de la herencia, cuando el hijo designado para encargarse de ella aún era menor de edad. Los negocios de Obregón arrastraban deudas y varias propiedades tuvieron que destinarse a pagarlas. Esta parte rara vez aparece cuando contamos el asesinato: detrás del apellido conocido había una viuda tomando decisiones en medio del duelo y de problemas económicos. No sé qué sintió María cuando le comunicaron la muerte de su esposo, y sería injusto poner sentimientos o palabras en su boca. Sí sé que tuvo que afrontar mucho más que la pérdida que todos vieron.

Toral fue condenado a muerte en noviembre de 1928 y fusilado en febrero de 1929. Hoy esa sentencia puede sorprendernos, pero la Constitución vigente entonces permitía la pena capital en determinados casos de homicidio. La prohibía para los delitos políticos; por eso importa recordar que, aunque el asesinato de Obregón tuvo consecuencias políticas enormes, Toral fue juzgado por haber matado a un hombre. Su ejecución cerró el proceso contra el autor material, pero no puso fin a las preguntas sobre las personas que lo rodearon ni reparó lo perdido por ninguna de las familias.

Termino mi café pensando en los dos hogares que quedaron atravesados por aquella decisión. Obregón tenía una esposa e hijos que no volvieron a verlo; Toral tenía también una esposa y dos pequeños de quienes se había despedido antes de ir a buscarlo. Hablar de ellos no disminuye la responsabilidad del asesino ni borra las contradicciones del hombre asesinado. Me ayuda, más bien, a recordar que detrás de los nombres que estudiamos hubo personas cuyas vidas continuaron cuando terminaron los discursos, el juicio y los funerales. Ahí sigue la escena de La Bombilla, con unas caricaturas sobre la mesa y seis disparos, mientras el tiempo entrelaza aquella tarde con una pregunta que todavía vale la pena hacernos: ¿Qué sucede cuando alguien llega a creer que su causa le permite arrebatarle la vida a otro?












































