Aquí estoy otra vez, conversando con mis fantasmas; con mi familia, esa que me acompaña silenciosamente en cada paso que doy. A veces percibo su presencia con claridad, otras apenas la intuyo. Estoy aquí, con una taza de café —eterna compañera de mi mediana edad— frente a la computadora, trayendo una vez más al presente a mi tío bisabuelo, el General Brigadier Pablo González Moya.

Intento imaginar cómo era su voz, cómo se sentiría su presencia. Las fotografías que conservo de él muestran a un hombre serio, de mirada penetrante, pero también revelan a alguien cuidadoso de su aspecto. El bigote perfectamente arreglado, el cabello bien cortado, la ropa siempre impecable; un físico que delata disciplina y mesura, alguien ajeno a los excesos, tanto en la bebida como en la comida.

Las preguntas me asaltan una tras otra: ¿qué le gustaría comer?, ¿qué preferiría beber?, ¿qué cosas lo harían reír?, ¿qué lo haría enfurecer? A veces quisiera viajar en el tiempo y tener la oportunidad de observarlo con vida. Cinco minutos bastarían para saciar la curiosidad que, desde niña, he alimentado cada vez que me detengo frente a sus retratos.

Ávida de respuestas, continué buscando información y fue apenas hace relativamente poco cuando realicé un gran descubrimiento. Detrás del certificado en el que Venustiano Carranza lo nombra General Brigadier se encuentra su foja de servicios: el registro de su ingreso al Ejército Constitucionalista, el cargo con el que inició y la manera en que fue ascendiendo a lo largo de su carrera. Y más sorprendente y entrañable para mí, es que fue relatado por su propia voz al escriba que lo registró.

Hoy quiero compartirla aquí, para que juntos recorramos esa odisea: el camino que fue trazando con sus decisiones, sus convicciones y ese destino para el cual, sin saberlo, había nacido.

No puedo explicar con palabras la emoción que me produce abrir la carpeta y tocar estos papeles que fueron llenados y firmados hace 108 años, dos meses y dieciséis días. La fecha que consignan es el 6 de noviembre de 1917. Pensar que estos documentos estuvieron en manos del general Pablo; que los vio, los leyó, que quizá le provocaron orgullo y una serena satisfacción por los logros alcanzados a sus apenas 32 años de vida. Una vida resumida en una foja de servicios, y que hoy atesoro yo, una bisnieta que jamás imaginó tener entre sus manos semejante legado.

Al final de este relato compartiré las fotografías, para que puedan contemplar aquello que mis ojos, aún maravillados, han visto solamente en dos ocasiones. No me gusta manipular demasiado estos documentos, celosamente resguardados por mi familia, generación tras generación, durante más de un siglo.

Aquí les resumo lo que contienen.

Inició su carrera militar el 4 de mayo de 1911 y, en ese mismo año, ascendió tres veces: cabo, sargento segundo y sargento primero. El 14 de mayo de 1912 fue nombrado subteniente, y en noviembre del mismo año ascendió a teniente. En 1913 obtuvo dos nuevos grados: capitán segundo y capitán primero. Para marzo de 1914 alcanzó el grado de mayor, y poco después los de teniente coronel y coronel. En 1915 llegó a general brigadier, y el 24 de mayo de 1917, tras seis años de pertenecer al Ejército Constitucionalista, recibió el último grado que obtendría en su corta pero fructífera vida militar: general de brigada.

En las páginas siguientes se describen las batallas en las que participó, así como las ocasiones en que resultó herido. En una de ellas estuvo fuera de servicio durante cinco meses a causa de las heridas sufridas en combate, lo que deja entrever la gravedad de aquellas lesiones y el largo camino hacia su recuperación.

Hay un detalle que llama especialmente mi atención. Más adelante aparecen los apartados titulados “castigos que se le han impuesto” y “licencias que ha usado”, y ambos permanecen en blanco. Nunca fue sancionado, nunca solicitó descanso. Ese silencio en el papel dice mucho: revela a un hombre disciplinado, enfocado, con un estricto apego al deber y al cumplimiento de las misiones que le fueron encomendadas.

En otro apartado se registran las “comisiones especiales que ha desempeñado”, donde se consignan encargos asignados por grandes generales que la historia de México ha inmortalizado, como Benjamín Argumedo y Francisco Murguía.

Esa voz que narra en primera persona los acontecimientos de su carrera militar atraviesa más de cien años para llegar hasta mí, hasta ustedes y hasta México. Es la voz de un hombre dispuesto a dar la vida por un ideal, en un mundo caótico, lleno de contrastes, de resistencia, de hambre, de penurias y de una urgente necesidad de reorganizarse para heredar a sus hijos un país con mayores oportunidades.

Aquel joven de 32 años —apuesto, disciplinado, estricto, gran líder— que tuvo a su cargo ejércitos enteros y los condujo con éxito; leal hasta la muerte, como veremos en la tercera entrega, no imaginaba el destino que le aguardaba una vez cerrada esa hoja de servicios. Lejos estaba de sospechar cuál sería su final: triste, sí, pero profundamente honorable, y motivo de orgullo para mí y para mi familia. Sabemos que descendemos de un hombre que fue producto de su tiempo, que vivió con entereza su realidad y enfrentó los peligros con valentía.

Nos vemos el próximo domingo para contarles el final de su vida terrenal en esta dimensión, donde el pasado se une con el presente para extraer, de todo ello, una comprensión más profunda de quiénes somos. No cabe duda: el tiempo es una línea engañosa que nos conduce al ayer y nos devuelve al hoy, dejando entrever, apenas, los destellos del mañana.

 

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