Hay temporadas que uno no necesita ver en el calendario para saber que llegaron. Se sienten, se huelen, cambian la luz, las tardes, el aire y hasta la manera en que habitamos la casa. Para mí, Mabon marca justamente eso, el inicio de mi temporada favorita. Ese momento del año en que el equinoccio nos habla de equilibrio, cosecha, gratitud, cierre de ciclos y preparación para lo que viene. Y sí, también de energía, porque hay cosas que uno puede medir y otras que simplemente percibe. Astronómicamente podemos explicar el equinoccio con la inclinación de la Tierra y su recorrido alrededor del Sol, pero reducirlo únicamente a geometría celeste también sería perder una parte de lo que significa. Hay momentos del año que además de medirse, se viven. Mabon es uno de ellos.
En muchas tradiciones vinculadas a la Rueda del Año, Mabon simboliza el balance entre luz y oscuridad, abundancia y descanso, dar y recibir. Y mientras pensaba en eso, hubo una palabra que empezó a incomodarme: equilibrio. Porque si algo no tiene la crisis climática actual, es justamente eso. Durante años hablamos del cambio climático como si fuera solamente una cuestión de temperatura, un grado más, una ola de calor, menos lluvia, más huracanes. Pero el verdadero problema va mucho más allá. La pregunta incómoda es quién provoca más el problema, quién se beneficia del modelo que lo alimenta y quién termina pagando las consecuencias. Ahí entra la justicia climática.
Dicho de forma sencilla, justicia climática significa reconocer que la crisis no afecta a todos de la misma manera. El calor puede cubrir toda una ciudad, pero no es lo mismo soportarlo en una casa con aislamiento y aire acondicionado que trabajar ocho horas al sol, vivir bajo un techo de lámina o no tener agua suficiente para refrescarse. Una sequía puede aparecer en el mismo mapa para todos, pero no representa lo mismo para quien puede perforar otro pozo que para una familia cuyo único manantial comienza a desaparecer. El huracán tampoco pregunta cuánto ganas antes de tocar tierra, pero la recuperación sí termina dependiendo muchísimo de eso. Por eso la crisis climática no llega con la factura dividida en partes iguales.
Y ahí está una de las grandes injusticias del problema. Los países y sectores que más han emitido gases de efecto invernadero no son necesariamente los que primero pierden sus cosechas, sus viviendas o sus territorios. Comunidades que aportaron muy poco al calentamiento global terminan enfrentando desplazamiento, pérdida de agua, inseguridad alimentaria y fenómenos extremos cada vez más difíciles de soportar, mientras quienes tienen más recursos suelen tener también más capacidad para adaptarse. La justicia climática no pretende convertir esto en una competencia de culpas ni decir que una persona que prende su carro provocó una inundación al otro lado del mundo. Lo que plantea es algo mucho más sensato, reconocer responsabilidades distintas y capacidades distintas. Quien ha contaminado más y quien tiene más recursos tiene también una responsabilidad mayor para reducir emisiones, financiar adaptación y ayudar a reparar daños.
El problema es que todavía estamos muy lejos de ese equilibrio. Naciones Unidas sigue advirtiendo que, con las políticas actuales, el planeta continúa encaminado hacia un calentamiento muy por encima de 1.5 grados. Sabemos qué está pasando, conocemos buena parte de las soluciones y tenemos tecnologías que hace veinte años ni siquiera existían a esta escala. Lo que sigue faltando no es información. Es velocidad, voluntad y, sobre todo, decisión política. Mientras discutimos metas para 2030 o 2050, hay personas que ya están preguntándose si podrán seguir viviendo, sembrando o trabajando en el mismo lugar dentro de unos años.
México ya empezó a hablar con más claridad de desplazamiento por cambio climático, pérdidas económicas por sequías, ciudades cada vez más vulnerables al calor y comunidades rurales expuestas a temporadas mucho más inciertas. Y eso obliga también a revisar nuestras propias soluciones, porque una transición energética puede ser verde y al mismo tiempo profundamente injusta. Podemos instalar paneles solares, pero si los beneficios se quedan en unos cuantos y las comunidades cargan con los impactos, algo está mal. Podemos proteger un bosque, pero si para hacerlo ignoramos o desplazamos a quienes han vivido ahí durante generaciones, algo está mal. Podemos cerrar una actividad contaminante, pero si dejamos a cientos de familias sin alternativa, quizá la medida se vea impecable en una presentación, pero seguirá siendo injusta en la realidad.
Por eso la justicia climática no pregunta solamente si una solución reduce emisiones. Pregunta para quién funciona, quién paga, quién decide y quién queda fuera. Y quizá por eso Mabon me parece una fecha tan adecuada para hablar de esto. Detrás de sus símbolos existe una idea muy sencilla y poderosa. No puedes cosechar eternamente sin devolver algo a la tierra. No puedes recibir agua, alimento, energía, minerales y territorio sin asumir también una responsabilidad. Nuestra economía moderna hizo justamente lo contrario. Aprendimos a extraer como si nunca llegara el invierno y a consumir como si la cosecha fuera infinita. Luego nos sorprendimos cuando el equilibrio empezó a romperse.
Eso también es justicia climática. Entender que no podemos pedirle a las comunidades más vulnerables que paguen por una crisis que no provocaron en la misma medida. Entender que las soluciones también deben repartirse con justicia. Entender que el planeta no necesita solamente menos emisiones, sino decisiones más equitativas. Porque si algo nos enseña la naturaleza es que ningún sistema puede sostenerse cuando todo se concentra de un solo lado, ni la luz, ni el agua, ni la riqueza, ni las consecuencias.
Consejo incómodo: la próxima vez que escuches hablar de una solución contra el cambio climático, haz una pregunta extra. ¿Para quién es justa? Pregunta quién recibe el beneficio, quién paga el costo y quién pudo participar en la decisión. Hazlo con un parque solar, una presa, una reforestación, una nueva industria o una política de movilidad. Si una solución ambiental resuelve un problema creando otro para quienes tienen menos capacidad de defenderse, entonces todavía no está completa.
La crisis climática no rompió solamente temperaturas y temporadas. Rompió también una idea básica de reciprocidad. Algunos cosecharon riqueza durante décadas y otros están recibiendo sequías, inundaciones, calor extremo y desplazamiento. Quizá por eso Mabon se siente tan necesario, porque nos recuerda que ningún ciclo puede sostenerse si siempre tomamos y nunca devolvemos.
Juntos Todos por un planeta donde el equilibrio no sea solamente un símbolo del equinoccio, sino una forma mucho más justa de habitar la Tierra. 🌎🍂
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