Durante mucho tiempo, el bullying se minimizó con frases como “así son los niños”, “es parte de crecer” o “a todos nos pasó”. Ese discurso no solo es incorrecto, es peligroso. Normaliza la violencia y deja solas a quienes la viven, como si aguantar fuera una obligación y no una herida.
El bullying no siempre se presenta de forma evidente. No son solo golpes o insultos directos. También está en la burla constante, en la exclusión, en los apodos, en el silencio cómplice y en la indiferencia de quienes observan sin intervenir. A veces no duele lo que se dice, sino lo que se repite todos los días hasta que alguien empieza a creerlo.
En la juventud, la identidad aún se está formando. Por eso, la violencia entre pares tiene un impacto profundo. No se queda en el aula ni en la pantalla. Se filtra en la autoestima, en la seguridad personal y en la manera en la que alguien se relaciona consigo mismo y con los demás. Decir que “no es para tanto” invalida una experiencia que sí marca.
También es necesario hablar de la responsabilidad colectiva. El bullying no existe solo porque alguien agrede, sino porque muchas veces hay silencio alrededor. Cuando una burla se normaliza, cuando se justifica al agresor o se culpa a la víctima, se construye un entorno donde la violencia se vuelve rutina.
Hablar de bullying no es señalar culpables, es asumir compromisos. Escuchar, acompañar, intervenir y educar son acciones que marcan la diferencia. La juventud no necesita discursos vacíos sobre resiliencia, necesita espacios seguros donde no tenga que defender su derecho a existir sin miedo.
En un contexto donde se habla tanto de bienestar y salud mental, ignorar el bullying es una contradicción. Nombrarlo, cuestionarlo y actuar frente a él también es una forma de cuidado. Porque ninguna etapa de la vida debería vivirse con miedo, y mucho menos una que se supone que es para descubrir quiénes somos.



