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Esta semana volvió a mi vocabulario una palabra que tenía mucho tiempo sin escuchar: serendipia

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Y digo “volvió” porque hace algunas décadas —sí, ya casi cuento como modelo clásico— esta palabra se hizo bastante popular gracias a una película de comedia romántica que llevaba precisamente ese nombre: Serendipity. Estrenada en 2001 y protagonizada por John Cusack y Kate Beckinsale, contaba la historia de dos desconocidos que se encuentran accidentalmente en Nueva York y que, a pesar de sentir una conexión inmediata, deciden dejar en manos del destino la posibilidad de volver a encontrarse.

Sin entrar demasiado en detalles para quienes no la hayan visto, la película gira alrededor de una idea bastante romántica: si algo está destinado a suceder, de alguna manera encontrará el camino para hacerlo. Y sí, queridos lectores, mi personalidad de romántica empedernida sigue teniendo bastante peso en esta columna.

Claro que a los dieciocho una ve esas películas y piensa que el universo está permanentemente conspirando para que encontremos al amor de nuestra vida en una librería, en una cafetería o mientras intentamos comprar el mismo par de guantes que un completo desconocido.

Después creces.

Y descubres que la serendipia puede ser mucho más interesante que eso.

La palabra se utiliza para describir un hallazgo afortunado e inesperado que ocurre mientras estamos buscando otra cosa o, incluso, cuando no estamos buscando absolutamente nada. Es encontrar algo valioso sin haberlo planeado; y no necesariamente hablamos de personas. Puede ser una coincidencia que termina convirtiéndose en oportunidad. Un encuentro aparentemente casual que, tiempo después, adquiere sentido.

Y quizá por eso esta semana la palabra volvió a llamar mi atención. Porque en este momento de mi vida, serendipia tiene para mí un significado distinto.

Ya no pienso solamente en casualidades románticas ni en historias cinematográficas donde dos personas se encuentran una y otra vez porque el destino insiste tercamente en juntarlas.

Pienso en personas. En conversaciones. En lugares. En oportunidades. En puertas que se abrieron cuando yo estaba tocando otra. En personas que aparecieron en momentos inesperados y terminaron enseñándome algo que necesitaba aprender. En conversaciones aparentemente intrascendentes que sembraron ideas. En decisiones que en su momento parecieron equivocadas y que, vistas desde la distancia, terminaron llevándome exactamente hacia donde necesitaba estar.

Y en todo esto que hoy englobo en la palabra serendipia, yo veo también la mano de mi Poder Superior, de Dios, poniendo en mi camino aquello que necesito y, algunas veces, quitando aquello que pudiera llegar a estorbar.

Supongo que cada quien le pondrá el nombre que corresponda según su manera de entender la vida. Yo, particularmente, he aprendido a llamarlas también bendiciones.

Así fue como esta semana tuve uno de esos momentos de reflexión profunda y me pregunté cuántas serendipias habrán ocurrido en mi vida sin que yo siquiera me diera cuenta.

Porque conforme pasan los años empiezo a creer menos en que todo tiene que estar perfectamente planeado y más en esos pequeños acontecimientos que llegan sin avisar y terminan acomodando piezas que ni siquiera sabíamos que estaban fuera de lugar.

Y quizá la verdadera magia de la serendipia no esté solamente en aquello inesperado que encontramos, sino en tener la capacidad de reconocerlo cuando aparece, agradecerlo y disfrutarlo, siendo siempre conscientes de algo que también he aprendido con los años: TODO PASA.

Porque podemos cruzarnos con personas maravillosas y no detenernos a conocerlas. Podemos recibir oportunidades y no atrevernos a tomarlas. Podemos escuchar palabras que podrían transformarnos y dejarlas pasar. Podemos estar tan concentrados buscando aquello que creemos necesitar que no vemos lo que la vida está poniendo justo frente a nosotros.

Tal vez por eso hoy esta palabra significa algo diferente para mí.

Porque estoy en una etapa en la que comienzo a mirar ciertas coincidencias con otros ojos: personas que llegan, conversaciones que aparecen, ideas que se conectan, puertas que se abren, caminos que jamás estuvieron en el plan.

Y no sé todavía hacia dónde conducen todos ellos. Pero creo que ya entendí que tampoco necesito saberlo.

Tal vez algunas respuestas solamente pueden encontrarse caminando.

Así que, por ahora, he decidido disfrutar un poco más de las casualidades, agradecer las coincidencias y permanecer atenta a esas pequeñas bendiciones que llegan disfrazadas de acontecimientos fortuitos.

Porque quién sabe.

A lo mejor aquello que hoy parece simplemente una coincidencia, dentro de algunos años, cuando mire hacia atrás, resulte haber sido una de las más hermosas serendipias de mi vida.

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