La música, las películas, en su momento las telenovelas, las series y algunas obras literarias forman parte de mi línea del tiempo de una manera muy importante. Hay canciones que al escucharlas me remontan a escenas específicas de mi historia; mi infancia estuvo sumamente influenciada por las telenovelas mexicanas, venezolanas y colombianas (no crean ustedes que lo dramático es solo por genética). Mi adolescencia y juventud fue marcada por películas que hoy en día ya son clásicas; y durante mi etapa universitaria, tuvieron gran peso algunos títulos y autores literarios que en alguna ocasión les compartí en esta columna. Sin embargo, si pudiera hablar de una serie que desde hace más de veinte años ha sido parte fundamental de mi lado romántico, soñador e idealista, esa es “Sex and the city” de HBO (“Sexo en la ciudad”, la titularon para Latinoamérica).
Aunque el episodio piloto de la serie se lanzó en junio de 1998, fue hasta el año 2003 (a mis 20 años) cuando lo vi por primera vez, me enganchó y me volví una fanática de la misma y de todo lo que la rodeaba. Mientras me acomodaba en mi escritorio para dar inicio a mi participación de esta semana, miraba por la ventana de mi oficina y sonreí porque me sentí Carrie Bradshaw desde su departamento de New York, con toda la madeja de pensamientos y dudas existenciales que llenaban su vida gracias a todo lo que les permitió a los santos varones que pasaron por las seis temporadas de la serie (escúchese de fondo la icónica melodía con la que arrancaba la serie).
En el universo de Sex and the City, Carrie Bradshaw se convirtió en un ícono cultural: la columnista neoyorquina que narraba con humor, ironía y vulnerabilidad las peripecias sentimentales de una mujer moderna en busca de amor. Sin embargo, detrás de los zapatos Manolo Blahnik y las columnas ingeniosas, se esconde un patrón ha sido analizado en diferentes revistas, periódicos, programas de entretenimiento y redes sociales: la incapacidad de Carrie para establecer límites claros en sus relaciones y su tendencia a mendigar atención y afecto de los hombres que pasaron por su vida. En este sentido, su historia con Mr. Big es el ejemplo más contundente de cómo la fascinación por un hombre puede convertirse en una trampa emocional que perpetúa la inseguridad y la dependencia.
Carrie se presenta como una mujer independiente, con una carrera establecida y un círculo de amigas que la sostienen; se desconocen sus vínculos familiares. Sin embargo, cuando se trata de sus relaciones amorosas, su independencia se diluye. Con personajes como Aidan, Berger o Aleksandr Petrovsky, Carrie repite una dinámica: se adapta, se justifica, se acomoda a los deseos del otro, incluso cuando estos contradicen sus propias necesidades. La columnista que aconsejaba sobre sexo y relaciones parecía incapaz de aplicar sus reflexiones a su propia vida. Su vulnerabilidad se transformaba en una especie de mendicidad emocional: esperaba llamadas, ansiaba mensajes, se conformaba con migajas de atención (Amigas y amigos cercanos que están leyendo esto, absténganse de cualquier pensamiento que los lleve a mí, “cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia)).
Este patrón no es exclusivo de Carrie; refleja una realidad que muchas mujeres hemos experimentado y que hace que nos sintamos tan identificadas y enganchadas con esta polémica protagonista. La serie, en su momento, fue revolucionaria por mostrar mujeres hablando abiertamente de sexo y deseo, pero también expuso las contradicciones de una generación que, aunque más libre, seguía atrapada en viejos esquemas de dependencia afectiva.
La relación con Mr. Big es, sin duda, el eje central de esta problemática. Desde el inicio, Big se muestra como un hombre carismático, exitoso y emocionalmente inaccesible. Carrie, fascinada por su aura de misterio y poder, se convierte en una especie de satélite que orbita alrededor de él. Big nunca le ofrece certezas: desaparece, reaparece, se compromete a medias, se casa con otra, y aun así Carrie lo recibe una y otra vez.
La falta de límites es evidente: ella acepta su indecisión, su egoísmo y su incapacidad de comprometerse, con la esperanza de que algún día él la elija plenamente.
Lo más inquietante es que Carrie parece normalizar esta dinámica. En lugar de exigir claridad, se conforma con momentos fugaces de pasión y atención. Su relación con Big es un vaivén constante entre la ilusión y la decepción, un ciclo que la desgasta pero que ella misma alimenta.
La serie, al mostrar esta dinámica, abre un debate incómodo: ¿por qué seguimos romantizando relaciones que son claramente tóxicas? La historia de Carrie y Big se presenta como un gran romance, pero en realidad es un ejemplo de cómo la falta de límites puede perpetuar la insatisfacción y el sufrimiento. La narrativa televisiva convierte la toxicidad en glamour, y espectadores como yo, seducidos por la estética, el styling, la magia de New York y el carisma de los personajes, llegamos a olvidar que detrás de esa historia hay una mujer que constantemente mendiga atención.
La serie insiste en que, pese a todo, Big es “el indicado”, el hombre por el que vale la pena sufrir. Pero, no puedo dejar de preguntarme: “¿Será acaso que el amor verdadero justifica la falta de límites, que la pasión compensa la ausencia de respeto, que la espera eterna es romántica?” Quizá la verdadera lección de Sex and the City no sea sobre zapatos ni sobre citas, sino sobre la necesidad urgente de que las mujeres (y hombres también) aprendamos a decir “basta” cuando el amor se convierte en mendicidad. Y tú, ¿has visto la serie?










































