Enero suele pasar desapercibido. Es el mes de los propósitos, del cansancio acumulado y de las promesas que todavía no se rompen. Pero enero también es el mes de la educación ambiental, y eso debería incomodarnos un poco más de lo que lo hace. Porque si algo ha quedado claro en los últimos años es que no tenemos un problema de falta de información ambiental; tenemos un problema de cómo, desde dónde y para qué educamos.
Hoy el mundo habla de crisis climática, biodiversidad, agua, residuos y energía como nunca antes. Conceptos que hace una década parecían exclusivos de foros académicos ahora aparecen en redes sociales, campañas publicitarias y discursos políticos. Y sin embargo, el deterioro ambiental sigue avanzando. No porque no sepamos qué está pasando, sino porque no hemos logrado convertir conocimiento en comportamiento, ni información en cultura.
La educación ambiental ya no puede limitarse a un aula, a un libro de texto o a una efeméride bien intencionada. Vivimos en una época donde aprender ocurre en todas partes: en una conversación, en un video, en una noticia, en una decisión de consumo, en una práctica comunitaria. Hoy, educar ambientalmente es un acto cotidiano, no una profesión exclusiva. Lo hace quien separa residuos y explica por qué. Quien cuida un árbol y defiende un área natural. Quien cuestiona un proyecto dañino. Quien divulga ciencia con responsabilidad. Quien enseña con el ejemplo.
A nivel global, una de las tendencias más claras es el impulso a la alfabetización climática y ambiental como base de cualquier transición real. Ya no se trata solo de formar especialistas, sino de lograr que la sociedad entienda los procesos básicos que sostienen la vida: de dónde viene el agua, qué es el suelo, por qué importa la biodiversidad, cómo se conecta la salud con el ambiente. Países, universidades y organizaciones empiezan a reconocer que sin esta base, ninguna política ambiental funciona.
Otra tendencia que crece con fuerza es la demanda de habilidades verdes. El mundo laboral está cambiando y cada vez más sectores necesitan personas formadas en ciencias ambientales, ecología, gestión del agua, energía, restauración, educación ambiental y sostenibilidad. No es una moda, es una necesidad estructural. Mientras algunos todavía ven estas carreras como “opcionales” o “románticas”, el planeta está pidiendo urgentemente profesionales capaces de entender sistemas complejos y tomar decisiones informadas.
También estamos viendo un auge de la ciencia ciudadana y la divulgación ambiental. Personas que observan, documentan, registran y comparten información sobre flora, fauna, clima y territorio. Este movimiento no sustituye a la ciencia formal, la fortalece. Democratiza el conocimiento y genera conciencia desde lo local. Educar ya no es solo transmitir datos, es construir comunidad alrededor del cuidado del entorno.
Pero hay algo más incómodo: educar también implica cuestionar intereses. La educación ambiental verdadera no es neutra. Enseñar por qué se agotan los acuíferos, por qué desaparecen especies o por qué aumenta la contaminación implica señalar modelos económicos, decisiones políticas y hábitos sociales. Por eso incomoda. Por eso a veces se prefiere una versión suave, decorativa, sin conflicto. Pero sin conflicto no hay transformación.
Ser educador ambiental desde cualquier trinchera implica responsabilidad. Significa informarse, evitar la desinformación, no romantizar la naturaleza ni simplificar problemas complejos. Significa conectar la ciencia con la vida diaria, explicar el por qué y el para qué de cuidar el planeta. No desde el miedo, sino desde la comprensión.
La educación ambiental es urgente porque el futuro no se construye solo con tecnología, leyes o acuerdos internacionales. Se construye con personas que entienden el mundo que habitan. Personas capaces de exigir, de participar, de cambiar hábitos y de tomar decisiones colectivas más inteligentes.
Tal vez el mayor error ha sido pensar que educar es solo tarea del sistema educativo. No lo es. Educan las familias, los medios, las redes, las organizaciones, los liderazgos comunitarios, los divulgadores, los profesionales ambientales. Educa quien comunica con sentido. Educa quien explica con honestidad. Educa quien actúa con coherencia.
Consejo incómodo: este mes no te limites a compartir una frase bonita sobre educación ambiental. Hazte cargo de algo concreto. Aprende sobre tu entorno, comparte conocimiento verificado, apoya las ciencias ambientales, impulsa la educación desde tu espacio y reconoce a quienes dedican su vida a enseñar y cuidar. Educar no es repetir discursos, es provocar preguntas y acompañar respuestas.
Juntos Todos por una educación ambiental que no se quede en el calendario, sino que se viva todos los días.
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