La luz cambia a amarillo y, en lugar de disminuir la velocidad, alguien acelera. Son apenas unos segundos, pero en ese cruce puede aparecer una persona que camina, una bicicleta, una motocicleta o un automóvil que ya tiene el paso. La prisa parece pequeña hasta que pone una vida en riesgo.

El 5 de agosto se conmemora el Día Internacional del Semáforo. Su historia comenzó mucho antes de los dispositivos eléctricos: en 1868 se instaló frente al Parlamento de Londres una señal manual con brazos mecánicos y lámparas de gas rojas y verdes. El experimento terminó tras la explosión de una de sus lámparas. Cuarenta y seis años después, el 5 de agosto de 1914, Cleveland puso en operación un sistema eléctrico con luces rojas y verdes. En 1920, el agente William Potts desarrolló en Detroit el modelo de tres colores; tres años después, Garrett Morgan obtuvo la patente de una señal de tres posiciones que incluía un intervalo de alto para todas las direcciones.

Los colores tampoco surgieron al azar. Fueron retomados de la señalización ferroviaria: rojo para detenerse, verde para avanzar y ámbar como aviso de precaución. Con el paso de los años, ese código se volvió comprensible en ciudades de prácticamente todo el mundo.

Un semáforo no se limita a encender y apagar luces. Asigna turnos, separa movimientos que pueden entrar en conflicto y da tiempo para que las personas crucen. Es una herramienta de seguridad vial y, al mismo tiempo, una regla básica de convivencia. Los sistemas actuales también pueden incorporar señales para peatones y ciclistas, temporizadores, sonidos para personas con discapacidad visual y sensores que responden al flujo vehicular.

Hablar de movilidad no es hablar únicamente de calles ni del número de vehículos que circulan. Es hablar de la posibilidad de llegar a la escuela, al trabajo, a una consulta médica o a casa con seguridad. Una intersección bien atendida debe tomar en cuenta a quienes conducen, pero también a peatones, ciclistas, motociclistas, personas mayores y ciudadanos con alguna discapacidad.

En las ciudades, la movilidad es un área de oportunidad. No se trata de colocar semáforos en cada esquina, sino de revisar si los existentes responden a los flujos actuales, si son visibles, si sus tiempos permiten cruzar con seguridad y si existe coordinación entre intersecciones. También es necesario identificar zonas escolares, puntos de alta afluencia y cruces donde la velocidad aumenta el peligro.

La infraestructura, por sí sola, no resuelve todo. Un dispositivo puede estar bien ubicado y funcionar de manera adecuada, pero pierde buena parte de su utilidad cuando se invade el paso peatonal, se usa el teléfono al conducir o se acelera ante la luz amarilla. Amarillo no significa “todavía alcanzo”; significa que es momento de actuar con prudencia.

A las autoridades corresponde revisar, mantener y mejorar los sistemas de control del tránsito. A quienes usamos la vía nos toca respetar las señales, bajar la velocidad y entender que la calle se comparte. La seguridad vial depende de decisiones públicas acertadas, pero también de decisiones personales que se toman en segundos.

Tal vez la mayor enseñanza del semáforo sea sencilla: vivir en comunidad implica aceptar que no siempre nos toca avanzar primero.

Respetar una luz también es respetar la vida, el tiempo y el derecho de los demás a llegar con seguridad a su destino. Ninguna prisa vale más que eso.

Luly González

Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.

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