Recuerdo la primera vez que vi un texto generado enteramente por una Inteligencia Artificial. Mi reacción no fue de asombro, sino de un profundo y amargo escepticismo. Como comunicadora, formada en el culto a la palabra precisa y el matiz emocional, y como educadora, convencida de que el aprendizaje es un proceso de “sudor intelectual”, la IA me pareció una intrusa que estaba facilitándole la vida a los alumnos y personas flojas que no les gustaba esforzarse en pensar. Para mí, esas líneas de código no eran más que una herramienta para la pereza, un atajo peligroso que amenazaba con convertir la educación en un desierto de pensamiento crítico y la comunicación en un eco vacío y desalmado.
Durante meses, me mantuve en la trinchera de la resistencia. Argumentaba que delegar la escritura o el análisis a una máquina era renunciar a nuestra esencia humana. “Es impersonal”, decía. “Es el triunfo del mínimo esfuerzo”, sentenciaba con una superioridad moral que hoy, mirando hacia atrás, reconozco como puro miedo al cambio. Me aterraba la idea de un mundo donde los estudiantes no tuvieran que luchar con la hoja en blanco y donde los profesionales de la Educación fuésemos rebasados por un ente inerte y sin cara.
Sin embargo, la realidad —como suele suceder— se encargó de derribar mis muros. Mi cambio de percepción no ocurrió por un gran anuncio tecnológico, sino por la acumulación de historias y la presión laboral de tomar cursos del uso de la IA en la formación para el trabajo. Empecé a darle una oportunidad a “esta cosa” y me mantuve receptiva cuando inicié el primer curso. Para mi sorpresa, el contenido y desarrollo de los temas me fue atrapando y no fue solo una la capacitación que tomé, sino cuatro cursos que me hicieron rendirme completamente a mi negativa de utilizar la IA.
De los varios golpes que mi prejuicio recibió vino uno del campo de la educación inclusiva. Leí el testimonio de una docente que trabajaba con niños con trastornos del espectro autista. Ella utilizaba la IA para adaptar textos complejos a niveles de lectura comprensibles y para generar apoyos visuales instantáneos que permitían a sus alumnos conectar con el mundo de una forma que antes era humanamente imposible procesar en el tiempo de una clase. Como una “Cachetada con guante blanco” la IA dejó de ser “perezosa” ante mis ojos para convertirse en un puente de equidad ya que la inclusión educativa es algo cotidiano e importante para mí.
Platicando con algunos de mis compañeros editorialistas de este medio de comunicación, que a la vez somos colegas docentes, concluimos que la Inteligencia Artificial en la educación no tiene por qué ser el fin del pensamiento, sino el inicio de una conversación más profunda. Si un estudiante puede generar un ensayo básico en diez segundos, nuestra labor como educadores no es prohibir la herramienta, sino elevar la vara de la exigencia. Si la máquina hace lo mecánico, al humano le corresponde lo ético, lo creativo, lo crítico y lo complejo. En el aula, la responsabilidad significa enseñar a los alumnos que la IA es “una copiloto”, pero que ellos son los dueños del vuelo. Significa fomentar la transparencia: declarar cuándo se ha usado la tecnología y para qué. No podemos permitir que la IA se convierta en una “caja negra” donde entra la duda y sale una respuesta sin proceso mental intermedio. El aprendizaje debe seguir doliendo un poquito, porque es en el esfuerzo donde se fija el conocimiento.
Considero que para quienes el pensamiento crítico forma parte de nuestro ADN, la IA nos obliga a volver a las preguntas fundamentales: ¿Para qué aprendemos? ¿Qué es lo que nos hace únicos? En la comunicación, el reto es similar. En un mar de contenidos generados por algoritmos, la voz auténtica, la empatía real y el juicio ético se vuelven valores de lujo, más necesarios que nunca.
No se trata de amar a la máquina y que el ChatGPT se convierta en nuestro nuevo mejor amigo, sino de entenderla para que no nos domine. Se trata de usar ese tiempo que la IA nos “ahorra” no para la desidia, sino para dedicarlo a lo que realmente importa: el debate cara a cara, la experimentación en el laboratorio, el arte que conmueve y la búsqueda de soluciones para los problemas reales de nuestra comunidad.
La Inteligencia Artificial es, quizás, el invento más impersonal que se ha creado, pero paradójicamente, nos está obligando a ser más humanos que nunca. Estamos ante la oportunidad de rediseñar la educación y la comunicación, despojándolas de lo rutinario para devolverles su alma. Pero eso solo sucederá si tomamos el mando con firmeza, con ética y, sobre todo, con la responsabilidad de quien sabe que la herramienta es solo tan noble como la mano que la guía. Y ustedes, queridos lectores, ¿Qué uso le dan a la IA?







































