Han pasado ya cuatro décadas desde la última vez que México albergó una Copa del Mundo. Cuarenta años desde aquel verano de 1986 que quedó tatuado en la memoria colectiva de un país que vive el fútbol con una intensidad pocas veces vista en el mundo. Hoy, la euforia, la nostalgia y la emoción vuelven a hacerse presentes ante la posibilidad de que el balón vuelva a rodar en nuestro territorio en un evento que paraliza al planeta.
México es, sin duda, uno de los países más futboleros del mundo. Aquí el fútbol no es solo un deporte, es conversación cotidiana, es identidad, es emoción compartida entre generaciones. ¿Cómo olvidar las chilenas de Hugo Sánchez, que parecían desafiar la gravedad? ¿O los goles de Javier Hernández que hicieron vibrar a millones de aficionados? Y sin embargo, también persiste esa espina que ha acompañado a nuestra selección durante décadas, la eliminación en cuartos de final frente a Alemania en 1986, y la eterna ilusión de romper la barrera del famoso “quinto partido”.
México está a punto de convertirse en el primer país en la historia en albergar tres Copas del Mundo. Un hecho único en el deporte que debería llenarnos de orgullo como nación. No es un reconocimiento menor, significa que el país tiene historia y pasión suficientes para ser parte de la mayor fiesta del fútbol mundial.
Pero aquí surge la pregunta incómoda, estimado lector. ¿Estamos realmente preparados para recibir al mundo?
En las últimas semanas, las noticias sobre violencia en distintas regiones del país, particularmente en estados como Jalisco o Michoacán, nos obligan a mirar con honestidad la situación nacional. Y entonces surge una analogía sencilla pero fuerte, imagine que tiene visitas en su casa, pero la casa está desordenada, con basura acumulada, trastes sucios y el piso sin barrer ni trapear. ¿Invitaría a alguien en esas condiciones? Probablemente no. Incluso sentiría vergüenza.
En cierto sentido, lo mismo ocurre con un país que recibirá a miles de visitantes.
Recientemente, el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, informó sobre reuniones con la mesa de seguridad y representantes de la FIFA para presentar la estrategia que se implementará antes, durante y después del Mundial. El llamado Plan Kukulkán contempla una coordinación internacional entre México, Estados Unidos y Canadá, además de la participación de más de veinte instancias federales junto con autoridades estatales y municipales.
Según lo explicado por el propio gobierno, se trata de una estrategia diseñada para garantizar condiciones de protección durante todo el evento.
Sin embargo, hay dos aspectos que llaman particularmente la atención.
El primero es que, tristemente, parece que en ocasiones se necesita la presión internacional y la mirada atenta de países como Estados Unidos para que el gobierno acelere el paso y actúe con mayor determinación en materia de seguridad.
El segundo es la gran incógnita, ¿será realmente una estrategia eficaz? ¿O terminará siendo otra de esas promesas que se quedan en el discurso político? México ha escuchado durante años distintas fórmulas para enfrentar la violencia, desde operativos militares hasta la polémica política de “abrazos, no balazos”. El desafío ahora es demostrar con hechos que existe una estrategia capaz de ofrecer resultados.
A pesar de todo, hay algo que permanece intacto, la ilusión. La Copa del Mundo representa una oportunidad histórica para mostrar lo mejor de México, su cultura, su hospitalidad, su gastronomía y su pasión por el fútbol. Ojalá que, cuando el mundo llegue en Junio de 2026, encuentre un México verdaderamente seguro, más ordenado y más preparado. Un país digno de ser anfitrión de la mayor fiesta deportiva del planeta.
Y claro, como buenos aficionados, también esperamos algo más. Que esta vez, por fin, pasemos del quinto partido.









































